Cuando el tablero fue Leningrado

Leningrado, ahora San Petersburgo, patria chica de Putin

Me doy cuenta de que en las partidas con rusos no puedo mencionar a Putin. Me cancelan inmediatamente el juego. Lo anulan. Se van. Si empiezo una conversación sobre Ucrania (nunca había jugado tanto, pero el conflicto me supera y los rusos están jugando más que nunca, de cada tres contrincantes uno es ruso), y la cosa fluye, todo cesa abruptamente si mento a Putin. Huyen.

Me asusta. El grueso de la población entra en paranoia, en miedo, y con razón.

Ayer hizo un mes que las operaciones especiales para tomar Kyiv en dos días sigue su exitoso curso (según fuentes del Kremlin). Esto no es lo que preveían. La sangría de soldados, de individuos que nunca jamás hubieran querido entrar en esa dinámica y la sangría de críos bombardeados y de adultos que no saben cómo sacarlos del país le debe parecer una minucia a Putin. Llego a pensar que a él esto no le parece una guerra. No, son maniobras, operaciones especiales. Y lo digo con cierto convencimiento después de haber buscado en su biografía. En la profunda. En la anatomía de su familia. después de haber visto una entrevista en que él habla de su madre, y de cómo considera la figura materna el centro del universo antes de la adolescencia.

Pasa el tiempo y nos olvidamos de las atrocidades, o recordamos sólo las que el cine nos muestra. Tenemos en nuestra mente Los campos de concentración, «La lista de Schindler», «Malditos bastardos», una segunda guerra mundial en Francia y en Polonia, los bombardeos de Londres. Los norteamericanos monopolizan el cine «Cartas desde Iwo Jima», «Patton», «Salvar al soldado Ryan». Sí. Parece que el cine se nutre de momentos breves de épica. Y que cada cual arrima el ascua a su sardina.

Pero cuando el nivel de horror llega al Sitio de Leningrado, no hay película inmediata, nadie se acuerda o quiere mirar sino hasta hace muy poco. Han tenido que pasar décadas para que el cine piense en Leningrado.

Leningrado aguantó sobre 900 días de asedio por parte de los nazis. Un asedio sistemático y febril, de tropas también vencidas y tan ignorantes de qué iban a hacer como en el asedio de Kyiv. Sólo que aquel sitio parecía alargarse infinitamente en el tiempo y en los inviernos. Con eficiencia alemana cortaron suministros, bombardearon a cualquiera, ni se pensaba en corredores humanitarios, y los escasos suministros llegaban a veces sobre el helado lago Ladoga, el hambre acabó con más de un millón y medio de personas. Los habitantes de Leningrado comían animales que podían atrapar, y muchas veces, cadáveres de sus vecinos muertos de hambre. Los vivos sobrevivieron algunas veces con los cuerpos de los muertos. Para sorpresa de muchos, varios animales del zoo que no murieron de hambre superaron el sitio.

Pues de ahí salen los padres de Putin, que jamás, según él, guardaron rencor a los alemanes.

Los padres de Putin, ambos nacidos en 1911 se casaron hacia 1930 y tuvieron un primer hijo Albert que murió a los pocos meses, como muy normal era antes de vacunas y antibióticos. Tuvieron un segundo hijo, Víktor. Durante los comienzos de la invasión nazi, Vladimir Putin padre se presentó voluntario como saboteador para formar un comando de resistentes soviéticos que pudieran emboscar o reventar las iniciativas de una legión nazi que hacía una avanzadilla hacia Leningrado en las afueras de la ciudad. Era una treintena de rusos contra un batallón nazi armado hasta los dientes. Pero no todos debían ser tan patriotas como el padre de Putin porque hubo un chivatazo y los nazis les avistaron y persiguieron por el bosque ruso. Poco armados, los rusos, sólo pudieron huir mientras los nazis, divertidos, imagino, les daban caza. Y los cazaron a todos menos a cuatro. Entre los cuatro que sobrevivieron, Vladimir padre. Su táctica fue tan genial como horripilante, igual le podía haber matado. Mientras su compañeros intentaban esconderse en vano en el bosque, el se echó a un pantano no muy profundo, agarró un junco y se sumergió en el agua de otoño de Leningrado, respirando por un orificio de menos de un cm2. Narraba escuchar a los soldados alemanes pasar a su lado. Pero nadie miró en el agua. Quién aguantaría dos horas ahí debajo?

Volvió aquel hombre y tres más a su casa de Leningrado. Sólo para aguantar más guerra, y ser herido. Ingresado en el hospital, y en el grueso de la hambruna, no comía a pesar de estar convaleciente, pues guardaba su ración para su mujer María y su hijo Víktor. Cuando se desmayó del hambre, los médicos vieron que traficaba con su exigua ración, que destinaba a su familia, y le prohibieron la entrada a su mujer. Aún peor, para garantizar la supervivencia de ese niño para el que guardaba sus raciones, sin preguntar, sin pestañear, se lo quitaron a su madre, sin más explicación que lo llevaban a una inclusa para garantizar su supervivencia. Ahí murió de difteria.

Cuando Vladimir, medianamente recuperado y con una pierna llena de metralla que nunca salió de su cuerpo fué hacia su casa, vio el carro de la morgue donde llevaban el cuerpo de María, su mujer apilado con otros. Desolado, en shock se acercó. La toco. Estaba caliente y respiraba. «Pero si está viva!» «Da igual, no durará». Le dijo el funcionario. Vladimir les instó a llevarla al apartamento donde vivían, lleno de rabia, los funcionarios no entendían nada. Pero la llevaron de vuelta. Avisándole que no volverían a pasar hasta quince días después, y que si no vivía se apañaría él con el cuerpo. El la cuidó y sobrevivió. Y sobrevivieron , sin su hijo Víktor al hambre y al sitio de Leningrado. Y a la pena.

Nunca supieron dónde estaba enterrado su hijo Viktor.

Cuando ya perdidas las esperanzas de todo pero conseguida la paz, ella con 40 años volvió a quedarse embarazada, milagrosamente, dio a luz a Vladimir hijo.

Maria Putina con su precioso hijo. Y lo digo sin una brizna de sorna. Nadie merece pasar por lo que pasaron los rusos en Leningrado.

Y como la guerra en Ucrania me hace pensar demasiado, pienso que Vladimir Putin mide la guerra, el horror, con la vara de Leningrado, y allí ni hubo apoyo internacional, ni posibilidad de escapar ni corredor humanitario que valiera. No hubo aporte de armas por parte de los aliados. Ni noticias del horror repartidas por el mundo que se compadeciera de los pobres civiles como sus padres. No hubo un Zelenski poniendo al día en twitter con que líder mundial ha hablado esta mañana, no hubo escarnio de lo que hicieron las tropas nazis en Leningrado, aunque sí en Francia. Y en otros lugares. No hubo apoyo médico y humanitario internacional de haber podido huir. No había nada más que hambre y frío, y un gotear de muerte alrededor de cada familia. Durante dos años y cuatro meses.

Cómo le va a parecer lo de Kyiv una guerra a Putin. Guerra fue lo de sus padres. Vladimir Putin ha reducido Grozni a cenizas, que parece que nos hemos olvidado, murieron cientos de miles de personas, ha machacado a Georgia, matando sólo a unos cientos, le debió parecer un paseo, recordemos que el sale de Leningrado, y ahora machaca a Ucrania, pero menos que lo fue machacada Rusia en la segunda guerra mundial.

No, no nos acordamos de dónde sale Putin ni de dónde venimos nosotros.

Aquí el peor invierno del sitio de Leningrado contado por un director ruso, no sé si seré capaz de verlo.

Deja un comentario