Cátaros III Raymond Roger Trencavel

Raymond Roger Trencavel quedó huérfano de un padre muy tolerante con los herejes, a la temprana edad de 9 años. Raymond Trencavel, su padre, tenía 4 vizcondados, Beziers, Razès, Carcasona y Albi. A los cátaros se les llamaba albigeses por esto de que tenían una sede importante justamente en Albi. Raymond Roger heredó a los nueve años los cuatro vizcondados, y quedó al cuidado de su madre y, de un cultivado y elegante preceptor: Bertrand de Saissac. Noble occitano y protector de los cátaros, y cátaro el mismo, aunque con maneras de noble, eso sí.
Bertrand de Saissac era un personaje curioso. Sabía nadar entre dos aguas o quizás sólo hacía lo que le daba la gana. Su castillo se asentaba en la montaña negra, no lejos del monasterio de Alen, que tras la muerte de Pons Amiel, un abad con quien tenía buena relación, eligió a un tal Bernard Saint Ferreol, que no era del gusto de Bertrand el cátaro de la montaña oscura. Así, que olvidando momentáneamente la doctrina de no violencia de los albigeses, cogió armas, soldados, se fue al monasterio de Alet, ajustició a unos cuantos monjes (entonces había muchos) y desenterró el cuerpo de Pons Amiel, aquel abad tolerante y amigo suyo.
Y con su amigo de cuerpo presente pidió a los monjes supervivientes que elegieran otro abad, a ser posible más simpático y que fuera amable con los cátaros, que si no, ahí estaba él para defenderlos. Los monjes, viendo lo que se les venía encima, cambiaron de Abad, por otro más tolerante.. Y como el Arzobispo de Narbona (un tal Berenguer de Barcelona) debía ratificar la elección, y quizás no le terminaba de gustar su elección, el señor de Saissac, le envió una buena suma de dinero, que no se diga que los cátaros no eran desprendidos. Que renunciaban a lo material, pero como les convenía, que no eran tontos.
Esto hizo Bertand de Saissac en 1197 y esto lo pagaría su pupilo Raymond Roger trencavel en 1209
A Raymond Roger Trencavel niño le duró su madre seis años más, y alrededor del 1200, murió, y entró de golpe en la edad adulta, con 15 años le armaron caballero, y empezó a gobernar sus cuatro vizcondados de algún modo supervisado por Saissac. Cabe decir que no era extraño, en aquella época la inocencia se perdía muy pronto porque la vida era más corta.
La gestión de sus tierras fue buena, supo delegar y confiar en quien un católico no confiaría. Sus gentes de confianza en Beziers eran judíos, y los cátaros podían andar seguros en sus dominios. Con 21 años se casó con Agnes de Montpellier y tuvieron un hijo. La vida parecía fácil.

Hasta que Inocencio III en 1208 tras el fiasco de la cruzada para recuperar Tierra Santa decidió hacer una nueva cruzada más cerquita, para que no se desviara tanto. Y los cátaros que ganaban terreno, fueron su objetivo.
Ahí todo el mundo temió por su vida. El Conde de Tolosa, Raymond VI a quien Raymond Roger debía vasallaje, también era tolerante con los cátaros, le iba bien así, y rápido Inocencio III le envió un legado papal para llamarle al orden y que hiciera el favor de perseguir cátaros.
El legado papal murió misteriosamente por el camino. así que Inocencio II excomulgó a Raymons VI. La excomunión probablemente le traía al fresco a Raymond de Tolosa, lástima que llevara aparejada la pérdida de sus bienes y derechos, que para ser rey, conde o lo que fuera había que estar amparado por la iglesia católica.
Así que Raymond VI de Tolosa, un hombre práctico y de principios, se humilló, aceptó un castigo público, fue azotado ante el regocijo de algunos de sus súbditos y tras la purga, volvió al redil y juró al Papa combatir a los cátaros.

Cuando Raymond Roger Trencavel, nuestro héroe adolescente, vio lo que se cocía en Tolosa, corrió a ofrecer su fe y sus hombres de combate a Inocencio III. Porque a pesar de Bertrand de Saissac, Trencavel jamás dejó de ser católico.
Pues bien, cuando se acercó a Lyon, le dejaron claro que el no era cazador. El no era bienvenido entre los cruzados, no iban a molestarse ni en excomulgarle. La mayoría de cátaros estaban en sus dominios. No, no era cazador, era presa.
Y Raymond Roger, asustado, valiente, corrió a replegarse a su bien pertrechada Carcassone.
Y Arnau Amalric, legado Papal y aún hijo del demonio por sus actos, azuzó la toma de la plaza de Beziers, y permitió a la escoria de Simon de Montfort pasar a cuchillo a mujeres embarazadas, a niños pequeños, a enfermos y a ancianos, a los que nada tenían para defenderse. Porque quizás los cátaros tenían razón y el infierno estuviera en este mundo, donde las bestias acuchillan el vientre preñado de una madre, en nombre de Dios. Y los que escaparon corrieron a Cacassome.
En Carcassone resistieron como pudieron el asedio, Raymond Roger, rogó amparo a Pedro II de Aragón, sus esposas eran medio hermanas, se debían algo por la sangre. Los cruzados malditos llegaron el 1 de agosto, hacía calor, y el castillo tomaba su agua del río Aude, fuera de sus murallas, Los atrincherados en Carcasonne morían de sed, nunca un sitio fue tan fácil. Simon de Monfort tembló un poco cuando vió a Pedro II de Aragon, cuñado de Agnes de Montpellier entrar vitoreado en las murallas. Los sitiados creyeron que venía a liberarlos. Pero incluso el rey temió su excomunión y aclaró enseguida que no podía oponerse a Inocencio. Venia a mediar.
El trato que Arnau Amalric ofreció fue salvar a Trencavel y su esposa y niño, así como a los doce caballeros que eligiera. Perdonaría a esos elegidos, el reto estaba condenado. Salvar la vida de los que amaba. Y huir.
Pero Raymond Roger Trencavel, casi adolescente, y discípulo de un cátaro era un alma buena, muy por encima de los viscosos legados papales y la curia pegajosa y los nauseabundos cruzados, Raymond Roger temió por sus vasallos, temió por cada vida en la ciudadela. Temió que Simon de Montfort pasara a cuchillo a los niños de Carcassonne. «Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos».
Y negoció y negoció. y consiguió que a cambio de él mismo, que quedaría retenido, todos los demás salvarían la vida. Rendiría la ciudad, perdería sus vizcondados, pero sin sangre. Quería ganar tiempo y vidas imagino. Pero lo cedió todo por la vida de los demás.
Todos los sitiados deberían abandonar la ciudad, con vida, sí, pero condenados a los caminos y la miseria. Una vez la ciudad entregada, Amalric y Montfort faltaron a su palabra, le retuvieron en sus propias mazmorras y esperaron. Como no había manera de que muriera, le envenenaron. Disentería, dijeron.
Imagino que nada que no esperase Raymond Roger. Simon de Monfort ansiaba sus tierras.
Nadie ha canonizado a Raymond Roger Trencavel a pesar de ser el único comportarse como un cristiano, y ahí incluyo al papa. Nadie excomulgó a Simon de Monfort ni a Arnau Amalric, asesinos en serie.

La Iglesia pidió perdón por la inquisición y pidió más tarde perdón por las cruzadas.
Matas a unos cuantos miles de personas, pides perdón entre mil y quinientos años más tarde, y ya está, problema resuelto. A seguir predicando, todo muy creíble.
Prefiero a Trencavel y a los cátaros.
Gloria y luz a Raymond Roger de Trencavel, un hombre justo.
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