En la gruta de Trois Freres, se puede ver esta estupenda pintura rupestre.

A mi lo que representa me parece obvio, cuando le he preguntado a mi marido, arquitecto y nada versado en pintura rupestre, y me ha contestado «Una mujer pariendo, no?». Parece bastante obvio.
Hace tiempo que me intereso por el arte rupestre. O más bien, mejor no llamarle arte. Me he interesado por la producción de elementos aparentemente sin finalidad para la supervivencia que se han amontonado en cuevas, abrigos, y que de modo sorpresivo, ocupan paredes rocosas y también me interesan objetos de uso cotidiano, como las lanzaderas de azagaya, los colgantes de hueso y otros útiles.
Se diría que en la prehistoria se daba un gran aburrimiento o se tenía mucho tiempo libre, porque algunas de las producciones pictóricas están muy por encima de la media. Y me refiero a la media de hoy.
La cuevas de Chauvet y de Altamira, cuentan con artistas que han debido practicar mucho en el exterior y en diversos soportes y con diversas técnicas, antes de mostrar esa precisión de trazo en los techos y paredes de cuevas. Han debido recoger minuciosamente pigmentos, mezclarlos, producir pinceles o rollos de cuero o «lápices» de grasa y pigmento para aplicarlos; han debido preparar un soporte en una cueva oscura con iluminación precaria a base de médula de animal grande, y aún han sido capaces de dotar de volumen y movimiento a su obra. Cuentan, además, una historia (creo yo), y sobre todo, muestran el sistema de creencias más sólido y más duradero en el tiempo con diferencia de la historia humana.
Eso si es que la producción de dibujos y escenas en las cuevas tiene que ver con la espiritualidad.
Porque esto, en honor a la verdad, no lo sabemos.
Bien, ahora volveré a llamarle arte, porque creo que su utilidad para la supervivencia y el día a día, de pongamos, el Solutrense y el Magdaleniense, es nula. Así que sólo podemos llamar arte a la voluntad y capacidad de observación, y a la técnica que recorta ciervos en mangos de hueso que se emplean como lanzaderas. Pero no a las lanzaderas mismas.
Volvía yo de un viaje a Chauvet, (de ver la reproducción, claro, la cueva, sagradísima, no está abierta al público), cuando Pedro Azara, un profesor de la Estética de la escuela de arquitectura con quien mantengo contacto, me hizo llegar su video de presentación del curso. “Teoría del arte”. Veo que la asignatura ha cambiado de nombre, Yo aún no sé muy bien que se da en esa asignatura, recuerdo que me gustaba mucho, que asistía a sus clases, clases abarrotadas de alumnos, la gente no faltaba a esas clases. Recuerdo también que no me costó aprobar, pero si ahora me preguntaran de qué se trataba, no sabría decir.
Creo que el podcast de Pedro Azara , me ayudó a entender algo de lo que escuché hace tanto, y hubo una parte de él que me llevó otra vez a las cuevas, esta vez a otra, a la de Trois Frères, y a un personaje que, de saque, a mi ya no me gustaba demasiado, y que de golpe entendí porqué.
Aquí el video presentaciòn. Productor David Mesa, arquitecto.
Ese fragmento habla de lo sesgado que puede ser interpretar o entender el arte. Interpretamos el arte dependiendo de nuestra circunstancia, sin mediar muchas veces, conocimiento del autor de ese arte. Y me recuerda también a una clase de Ferran Lobo. En que destripaba la República /el Banquede de Platón. Una mala interpretación de un sarcasmo escrito de Platón, cambia la concepción de arte en el cristianismo platónico.
Todos interpretamos o entendemos un cuento o una historia o una pintura dependiendo de nuestra psique, de nuestra educación, de nuestra edad, salud y posición económica y de nuestras lecturas. Pero sobre todo interpretamos lo que vemos en museos dependiendo de la sociedad en que nos ha tocado vivir y del momento histórico.
Disfrutamos (más o menos) de esa producción inútil en las paredes de las cavernas dependiendo de nuestra sensibilidad, pero la interpretamos dependiendo de nuestra historia. Que no es la del autor o más frecuentemente, autora (Dean Snow lo documenta claramente) hace a veces más de 30.000 años.
Y aquí entra en escena el Abbé Breuil. Ese hombre que no termina de gustarme.

Henri Breuil es un joven inteligente y sensible, hijo de magistrado (no veo yo ahí penurias económicas), y de una profunda fe. Así que se educa en el seminario de Saint Sulpice y en la Sorbona, y con 23 años en 1900 se ordena capellán. Dada su inteligencia y su interés el lo antiguo, la iglesia le da permiso para dedicarse a perseguir sus intereses, esto es, la prehistoria.
Llega a ser alguien influyente en el campo, reconocido y dará clase en la universidad de Friburgo y más tarde en el collège de France. Un erudito.
O no.
Porque la perspectiva de la prehistoria ha cambiado desde 1900, y su perspectiva es definitivamente la de un sacerdote católico.
Sorprende su interés por la religiosidad precristiana, y su afán por visitar cuevas cigarrillo en ristre. Interpretando hallazgos desde un punto de vista no científico sino romántico, que eran tendencias más bien comunes en la época. Y Breuil no es la excepción.
Como esto que digo igual no es muy evidente, podré un ejemplo que me viene al pelo.
En 1908 se descubrió en la localidad de Cap Blanc, en un abrigo rocoso, un espectacular friso magdaleniense, en alto y bajo relieve, con detalles delicadísimos de los ollares de los animales, bisontes, caballos cabras, ciervos. Ahí se presento Breuil de inmediato a solazar su espíritu ávido de paleolítico.

En Cap Blanc, se excavó y se encontró abundante material magdaleniense. Y en 1911, acabando la excavación, se encontró un esqueleto en muy buenas condiciones. Cap Blanc había sido pues, también una tumba. En seguida las especulaciones románticas y nada científicas de los arqueólogos armaron una película o suposición: El finado era el autor de la obra. Su vínculo con el lugar era evidente. Por ello le habían enterrado ahí. Parece que a nadie se le ocurrió que se hubiera podido esculpir justo después. O antes.
Bien. La posibilidad existe, y eso no hay quien lo niegue. Quien quiera que fuese el finado, podría ser autor o parte del friso, porqué no. Un fin prematuro para un hombre de 25 años. Qué corta la vida en el magdaleniense.
Lástima que examinados los restos por parte de antropólogos, 25 años más tarde, se llegara a la conclusión que evidentemente los huesos no pertenecían a un hombre. Una mujer en la veintena, había sido enterrada en la cueva de Cap Blanc.
Súbitamente, los huesos perdían toda capacidad creativa. Ya no podían pertenecer al autor de la obra maestra. Henry Field, quien compró el esqueleto que permanece en el museo con su nombre en Chicago (Museo Field), escribió además una retahila de posibilidades al respecto de la identidad de la joven. Pero ya no es autora de nada, lo sería su padre, el chamán, claro. La lista, es bochornosa. Está claro que si vives en el magdaleniense eres una mujer florero de manual, traduzco:
«¿Por qué había sido enterrada bajo el friso de caballos? ¿Fue asesinada por la punta de lanza de marfil de su amante? ¿Fue por otra chica de Cromañón? ¿Estaba su hermano vengando el honor de la familia? ¿La mataron en batalla? ¿Por qué fue enterrada en ¿El santuario? ¿Era ella la hija del escultor-sumo sacerdote? No había evidencia real, excepto que la muerte probablemente se debió a un envenenamiento de la sangre «.
Y ni siquiera en la causa de la muerte acierta, porque lo atribuye a una punta de marfil de mamut que se encontró cerca del abdomen, y dado lo raro de ésta en las inmediaciones, bien pudo haber sido una ofrenda.
Así que en el momento en que el cuerpo pierde su condición masculina, pierde su potencialidad de pertenecer a quien produjo los maravillosos frisos. Las mujeres a la cocina. Normal, no ha habido jamás escultoras de ningún tipo y las que lo han probado no han tenido la menor relevancia. Louise Bourgeois, Camille Claudel, Anna Hyat, Properzia di Rossi, Úrsula Forment. En fin, unas pringadas.
Pues por ahí va la cosa con Henri Breuil.
Él es un hombre sagaz, pero no deja de ser un sacerdote católico, con todo lo que eso implica. Su universo está despojado de mujeres, no se ha casado (ignoro si es célibe, pero desde luego no convive con ninguna mujer, ni tiene hijos) no habla con ellas, mientras es profesor en la universidad, a penas se educan éstas, sus compañeros de aventuras arqueológicas son fundamentalmente hombres, su mundo, el de Breuil, es un mundo eminentemente masculino. Las mujeres son animalillos que se dedican a la reproducción y no a actividades intelectuales, y el tema de la reproducción es un efecto fisiológico que implica fluidos (como la regla), y que por ello siendo repugnante (y femenino), la iglesia se ha encargado de reprimir y eliminar de cualquier imaginario artístico (no así la violencia extrema, como las matanzas de los inocentes y las torturas de mártires, tan normales y saludables). No hay partos en las iglesias. Es algo tan obsceno que se ha liberado a la Virgen Maria de pasar por ellos. Es Virgen y es un misterio cómo pare.
Los conocimientos de obstetricia de Breuil son nulos. Y los de sus amigotes arqueólogos, también. No son tan distintos.
¿Y esto a que viene?
A esto de aquí.

Que es mentira.
A la derecha el original en la roca de la cueva de Trois Frères. A la izquierda el calco que Breuil llevo a cabo inventándose lo que le dió la gana y suponiendo que los usuarios de la cueva no sabían dónde va la cola de un animal.
Supuestamente esto es lo que se encuentra el cueva de Trois Frères.
Leo en wikipedia,
La gruta fue descubierta el 20 de julio de 1912 por los tres hijos del conde de Bégouën, a los cuales debe su nombre (Trois Frères significa “Tres Hermanos”). El abad, arqueólogo y prehistoriador Henri Breuil (1877-1961) estudió en profundidad la caverna y realizó una serie de dibujos basándose en sus fantásticas figuras.
Efectivamente, Henri Breuil dibuja unos cuantos esbozos, y el más famoso es el del hechicero. Al parecer en una de las paredes de la cueva, un ser antropomorfo con pies de hombre (hombre, seguro, no mujer), garras delanteras de animal indeterminado, cola de lobo, cuernos de ciervo y hermosos genitales tras las ancas en una posición anatómicamente imposible. Y eso que en paleolítico de anatomía sabían lo suyo.
Despiezaban animales y personas, por motivos rituales, con frecuencia. La precisión en el dibujo de algunos animales es exquisita.
La diferencia entre lo que se percibe en el dibujo de Breuil y la realidad, es estratosférica, pero no importa, se ha dado por bueno.
Al parecer no hay ni ha habido nunca rastro de la cornamenta, fue una licencia o momento de inspiración del abate; los ojos que miran de frente en la figura de Breuil parecen bastante extraños si es que son ojos, y de hecho no hay dos, hay varios más, así que igual no son ojos y son abalorios de un peinado, a mi ojos no me lo parecen, los brazos o garras no se parecen a nada de lo dibujado por Breuil y la textura, trazos, y detalles del abate no aparecen por ningún lado.
No solo eso, la abultada panza se matiza, de modo que mediante trazos engañosos del abate, tergiversando lo que hay en la pared, la panza parece menos.
Y esa panza es más.
Y resulta que esta panza es fundamental. Esta panza, igual que la de la cierva (preñada) de Altamira, es fundamental..
El abate lo bautiza como un hechicero y declara que probablemente es un chamán, una figura religiosa (como él, que curioso). Dado el prestigio de Breuil en ese momento, todo el mundo asiente, y ya.
Vamos, igual que como cuando se consideró que la tumba de Cap Blanc era de un hombre de 25 años, que duda cabía, autor de los frisos de Cap Blanc, Porque yo lo valgo. Si es que no hay nada más que decir.
Yo la primera vez que vi el grabado repasadito de Breuil, también creí que se trataba de un hechicero bastante chapucero. Hasta que se me ocurrió buscar la pintura original en internet, y se me cayó el alma al suelo de la gruta, porque yo lo que vi y lo vi inmediatamente, no era un hechicero.
Igual haya tenido que ver que yo he estado embarazada y de parto.
Igual el hartón de mirar y leer sobre las venus magdalenienses, y las consideraciones de Dean Snow sobre las autorías de aproximadamente el 75% de las pinturas rupestres (os dejo enlace, una pista, lo de Pech Merle parece que son yeguas preñadas…. ) Y quien las retratara dejó su firma en forma de mano en negativo. Dean Snow ha comprobado que fue una señora.
Pero es que en Pech Merle también se habla de ese hechicero que está en Trois Frères.
El sistema de creencias y/o cultural magdaleniense es sorprendentemente uniforme, aún dejando espacio a la individualidad. Así las figurillas de Venus aparecen preñadas, sin rostro o con el mentón bajo, casi dirigiendo su mirada a penas esbozada a su vientre prominente. Veamos.

Venus de Willendorf, pelo trenzado o en abalorios, maternidad pasada evidente.

Venus de Brassenpuy, pelo trenzado o en abalorios.

Venus de Kostenki, preñada, pelo trenzado o en abalorios.

Venus de Zaraysk, preñada, pelo trenzado o con abalorios

Venus de Adveebo, preñada, pelo texturizado también Podría seguir, pero estamos en Trois Frères
Bien, pero hablamos de estatuillas. Sí. Cierto.
Resulta que en Pech Merle hay tres figuras inequívocas, bastante más esquemáticas pero de características prácticamente idénticas al lo que Breuil interpreta como hechicero. Aquí van. Cortesía de Don’s Maps, maravilloso blog sobre sitios paleolíticos.

Son las tres figuras, de perfil rojas, Y todas ellas representan a una mujer, ostensiblemente embarazada. En una posición por la que yo he pasado. Verticalidad y movimiento, para favorecer el expulsivo. ¿Alguien se extraña? En la Venus de Losange, un gestación muy avanzada y una dilatación evidente preludian un inminente expulsivo, el bebé va a nacer, ya.
Lo que el arte cristiano (y etrusco, y griego, y romano, y púnico, y persa, lo que sea tras el neolítico….) ha reprimido, es fundamental en el paleolítico. La mayoría de figurinas humanas son señoras embarazadas. No hay apenas rastro de hombres. Algunas, como la de Gagarino, está en trance de alumbrar. La de Losange ha sido tildada de monstruosa. No lo es. Es alguien pariendo.
La de Tursac justo acaba de hacerlo, algo sale hacia abajo entre sus piernas bajo su vientre. Algo tan esquemático y tan evidente como ella. Algunos dirán que se trata de un modo de sujetar la estatuïlla, claro, para clavarla en el suelo, entonces, ¿por qué no lo tendrán todas? Y porqué es redondito si se tiene que clavar el el suelo?

Venus de Tursac. Curioso objeto, no?
Más allá de la coincidencia entre vientres abultados y posturas de manos, la completa indefinición de la figura en la parte del rostro, casa con las tres mujeres preñadas de Pech Merle.

Cambia la cosa cuando uno pone la figura de Pech Merle al lado del supuesto hechicero de Breuil.
Y donde el abate ve la cara del hechicero yo veo algo que se parece mucho a una sucesión de puntos, texturas, quizás un perfil (sería lo lógico), no veo ojos mirando frontalmente, veo una maraña de peinado, parecido al que he visto en otras partes.
Sí, las venus de Willendorf, Kostenki, Gagarino, Avdeevo, Brassempouy, Lespugue, Renancourt, Regalik…tienen un peinado o tocado curioso, texturizado, no me atrevo a decir si son cuentas, si es una malla o si son trenzas. No lo sé.
Pero cuando miro la cabeza del hechicero, veo una maraña de peinado similar. Veo un perfil, quizás un boca abierta.
Y como en la venus de Balzi Rossi, y la de Losange, literalmente pariendo (a la primera le sale la cabeza del bebé entre las piernas, bajo el vello púbico, alguien lo ha confundido con un escroto, ¿Soy la única que ve la cabeza de un bebé ahí? Y la llaman erróneamente “hermafrodita”, nos hubiera ido mejor si hubiera más mujeres arqueòlogas, no ahora, que son mayoría, hace 100 años). Hay más venus en trance de parto, no voy a enumerarlas todas. Pero lo que se define normalmente como “vagina grotesca” es un proceso fisiológico de dilatación durante el parto, que estamos tan poco acostumbrados a ver o reconocer, que nos parece una caricatura.
Pero es un parto.
Decía antes que en el paleolítico se sabe de anatomía. Se insertan las colas a continuación del sacro y los testículos y pene de los machos en su sitio.
Bueno, como el abbé ha dibujado lo que ha visto (o lo que le ha dado la gana), yo también lo haré. Total, voy a calcar lo que yo he visto en la roca, porqué no. Y en lugar de hacerlo sobre la roca a la brava mientras fumo, voy a imprimir una foto en alta definición, pondré un vegetal encima y calcaré y comprobaré en pantalla lo que veo. En gris lo que tengo menos claro, en negro y gris oscuro lo evidente.

Mira Henri, este es mi calco. No veo cuernos ni garras por ninguna parte. Una señora se apoya en algo para pujar y ayudar al bebé a salir.
Y donde el Abate sitúa un pene y unos testículos imposibles, yo veo una cabecita, con una boca abierta y dos bracitos abiertos extendidos, en el reflejo de Moro, de sobresalto, ese reflejo que tienen los niños recién nacidos y que desaparece a los 3 o 4 meses, y que se puede manifestar durante el expulsivo (si no se lo cree, abate, aquí le dejo una bella imagen de parto vaginal con niño, con boca presumiblemente abierta para respirar mejor, puesto que la naricilla a veces aún está inundada de fluidos y la primera inspiración suele ser por la boca). La mitad de un ser humano diminuto ya está fuera. Unos trazos van más allá de esa cabecita y bracitos. Podría ser una cola, dirían algunos.
Y también podría ser líquido amniótico.
Que en la misma cueva se representa la sangre de un oso alanceado fluyendo por sus fauces, mediante líneas. Los fluidos también tienen representación abstracta en el paleolítico.
Y esto es lo que yo veo en la figura de la pared de Trois Freres. Una mujer con un vientre abultado, pariendo, en posición de parir, como estuve yo, como otras de Pech Merle.
Y lo que yo veo es por lo menos tan válido como lo que vió y dibujó el abate el abate. Porque yo me he visto de parto. (Igual que el abate se habrá visto oficiando misa, de chamán vamos) Y también me he visto dibujando, modelando barro con mis hijos y proyectando edificios.
Y porque una vez mientras esperaba en las oficinas del obispado de Ibiza con unos planos enrollados, bajo el brazo a que me dieran paso para mostrar un proyecto que yo había firmado, viéndome en la antesala, alguien preguntó “¿Ha llegado ya el arquitecto?” Me vieron y alguien respondió. No, aún no ha llegado.
No, no me fío del criterio de hombres ordenados por la iglesia católica.
Así que creo que tengo algo más de vista que el abate. O por lo menos que mi perspectiva no es menos válida.

Aquí, una cabecita y dos brazos estirados saliendo de…¡Mira, como en la cueva de Trois Frères!

Porque la historia, es la que es, no la que nos inventamos, y no vale cambiar de género a un esqueleto o suponer en base a su género y a unos prejuicios decimonónicos a qué se dedica. No vale encontrar una figura humana con una panza prominente y algo saliendo del perineo, y una cabeza formada de una textura similar a la de la Venus de Willendorf y suponer que es un hechicero macho inventándose unos cuernos de ciervo. Y decir que el Pene sale de las nalgas No vale.
No todo por defecto es macho, aunque en los libros de historia lo parezca. Aunque no salga ni una pintora rupestre en los libros de texto y de historia.
Aunque hayamos demonizado la fisiología de las hembras en el arte durante años. No siempre ha sido así.
No siempre algo importante ha sido macho. A veces ha sido hembra. La mitad de las veces, más o menos.
Que tengas un buen parto, hechicera.
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