Arquitectura tradicional en Ibiza I

Can Pardal, Sant Miquel de 1960 a 2007

Llegué a Ibiza sin saber nada de al arquitectura de la isla. Y la casualidad me llevó a un encargo inicial, hace 20 años, que fue el germen que me hizo entender la arquitectura como otra cosa.
Inculcada hasta la saciedad en las escuelas de arquitectura la idea de que la arquitectura era obra de un ser culto y versado en muchos conocimientos (el arquitecto, claro), que la acción de la arquitectura no podía ser llavada a cabo por cualquiera, y que esta obra tenía un proceso, un comienzo, una concepción, un acto seminal en los planos o proyecto básico, una gestación o proyecto de ejecución y dirección de obra, y un nacimiento, la obra terminada, lista para fotografiar (que cambiaba mucho y eso no me lo dijeron, cuando la habitaba cliente, y que eso no la hacía peor) y por eso era arquitectura. Un proceso nítido y lineal.
El tiempo y las experiencias nos recolocan. Y cuando me encargaron Can Pardal me pareció que una reforma en arquitectura tradicional era una obra menor. Y allí empecé a aprender que no.
Can Pardal contaba historias que no hemos entendido todavía.
La arquitectura tradicional de la isla parte de un esquema de espacios que cambia durante la vida de los que la habitan, y tiene múltiples arquitectos, todos con criterios comunes (la necesidad), y herramientas similares (la piedra, la sabina o el pino; la caña o el olivo;la ceniza, el alga, la cal y la arcilla).
Cuando intervengo una casa tradicional, aparte de dónde irán los cuartos de baño, que preferiría siempre que me dejaran hacerlos fuera, para no modificar estancias interiores, suelo apartarme.
Las casas cuentan historias íntimas de crecimiento de una familia, de cismas en ésta, de muertes prematuras de una madre o un padre y de un cónyuge que vuelve a casarse y tiene otros hijos y debe partir la tierra, y quizá la casa, o debe hacer una casa de arriba, o debe comprar un pedazo de tierra más o debe hacer unos corrales nuevos o un molino de sangre. Y la casa se encuentra en un permanente crecer, , demediarse, remontar, tapar ventanas, abrir puertas donde antes había armarios embebidos en el muro, cubrir de cal el hollín de paredes que dejan de ser cocina, apear sabinas, rebajar niveles o escalar arriba, levantar secaderos, cerrarlos para hacerlos dormitorio. Ocluir arcos, trepanar costras de tierra para hacer cisternas que quizás descalzarán alguna pared, consolidarla después. Encalar, sustituir viguetas. Arcillar.
Y todas estas acciones, acontecen durante los siglos, y no se transmiten de propietario a propietario, sino que quedan cicatrizadas en los muros y a veces en las vigas, en la roca, a veces en escrituras que explican de modo velado la mala fortuna de los que se quedan sin casa, que quizás deban emigrar. Y emigrar hace siglos significaba no volver.


A veces en casas vecinas en medio del campo, alejadas de las demás, se encuentran dos trulls o molinos de aceite. Y se imagina que las familias no se hablaban. Y confirma después una enemistad íntima, sólo separada por una pared de piedra seca de tres palmos y las dos laminas de cal que la visten.
A veces se encuentra un campesino solo, delicado, de muchas lecturas y que nunca se ha casado, y que es el heredero, y que explica cómo decidió embaldosar el porche hasta media altura con cerámica de Lisboa, con un aire femenino, soltero y trágico. Y me presenta a su hermano, velludo y casado, y con hijos, que heredará. En ocasiones se encuentran iniciativas poéticas, donde un cuarto era cedido a una criada huérfana de poco más de 15 años a la muerte del heredero, que quedaba con un techo y derecho a agua de la cisterna hasta que se casara (que no era poco en el s XIX).
A veces se escucha la historia de cómo abuelos piensan en qué pedazo de tierra darían a cada nieto, pensando en a quién le puede hacer falta, y cómo las niñas empiezan a heredar.
He escuchado la historia de un propietario con 4 hijos que les quiso dar a todos tierra y casa y se empleó en la salinera para comprar tierra y casa para los que no eran herederos o construirla. Un silencio espeso en el aire del porxo pesó cuando yo pregunté qué había de las hijas, o era ese esfuerzo familiar sólo por los varones?
He escuchado la historia del viudo con una casa grande y rica y tierras que ya tenía un hijo heredero y que se casó con una joven que le dio otro, y lidió para llevarse la tierra más fértil para el benjamín, y derecho a molino de aceite y molino de sangre, y así al morir el padre, el más joven hizo emerger como una seta una casa del pedazo mejor de tierra y no tuvo que hipotecarse en molino, porque la escritura permitió que usara los de su hermano para siempre.
He oído historias de casas perdidas en juego y malvendidas. Casas que se dejan para huir, casas que se roban como si fueran cestos de higos, después de vendidas a extranjeros que mueren repentinamente y después sus herederos no encuentran escritura y son ocupadas súbitamente por los antiguos propietarios que las vuelven a hacer suyas. Y todo el pueblo calla ante los extranjeros.

Las historias íntimas de la gente que las habita las modifica, su orfandad, su vocación, su sexualidad, su ambición, su triunfo, su tragedia, hacen una arquitectura singular, con unas pautas de sol y asentamiento que casi nunca son seguidas al pie de la letra porque el alma de quien se está allí y las condiciones del entorno las modifican.
He visto torres de defensa magníficas y torres que eran poco más que un gallinero y en las que había que esconderse acurrucado, constreñido entre el tufo a miedo y familia.


Así que la arquitectura sin arquitecto se impone de manera sutil, y cuando me encargan dotar de agua y luz a un lugar que ya ha sido habitado y habitable de una forma que ahora nos resulta insoportable, me aparto, y trato de limpiar las cicatrices de la historia injertada en la casa. No hace falta, en general que nosotros nos pongamos demasiado en medio.
Las casas de Eivissa no han necesitado un autor, sino una multitud, y siempre están inacabadas.
Van siendo carcasa de cada morador, y crecen o menguan con él, como una hidra o una ameba, y tragan historias tan recónditas que a veces arrancan una lágrima o un escalofrío.

Arcos escondidos que aparecen en una obra

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