
Iba empezar un entrada y estaba entre los «sequers» ibicencos y las casas patio menorquinas, que también existen, pero me he dado cuenta que hoy es 7 de abril, y me he estremecido al leer prensa, porque hay holocaustos muy cercanos.
Pero empecemos por la foto. En ella un señor aparece siendo preparado para un experimento.
El director del experimento era Stanley Milgram, psicólogo en la universidad de Yale, fascinado por cómo durante la segunda guerra mundial, una cantidad muy apreciable de alemanes y austríacos habían abrazado el exterminio de los que hasta el auge del nacionalsocialismo eran sus vecinos. Los judíos, pero también los homosexuales, los niños con algún tipo de patología, los sindicalistas, los (entonces escasos) habitantes de etnias no caucásicas del territorio ocupado…no sé, todos aquellos que no formaban parte del aparato nazi y de sus ínfulas.
Y sobre todo fascinado por una figura clave en el exterminio. La de un hombrecillo insignificante, y aparentemente inofensivo. Hijo de una familia alemana cuya frialdad lo llevaba en su infancia a refugiarse en casa de sus vecino. Los Solomon. Sí Judíos, que lo arropaban y acogían y con cuyos hijos jugaba. Durante años.
Ello no fue obstáculo para que entrada la adultez, y tras la pérdida de un trabajo vendedor de carburante que le mantenía, se afiliara al partido nazi presumiblemente para medrar y empezara a hacer carrera en el partido. Sintetizando, Adolf Eichmann pasó de hijo de un contable y estudiante anodino y vendedor de combustible en Austria, a erigirse en el máximo exponente de la burocracia exterminadora. No sólo organizó razzias de busca y captura de judíos, sinó que organizó su marcaje, transporte a campos de exterminio y logística de éstos, incluido el desguace de sus víctimas y su desintegración en crematorios. Suena horrible, pero fue así.
La cosa es que algo de justicia hay a veces y fue arrestado en Argentina, secuestrado, más bien, y llevado a rastras a Israel, donde se le juzgó y murió colgado. Lo previsible. Lo imprevisible fue lo que jueces y testigos vieron en Eichmann. No era un monstruo sediento de sangre y con los ojos inyectados en odio. No. Era un petimetre, poca cosa, que se tomaba el juicio como algo que no fuera con él. Ni tan solo se identificaba con la ideología nazi del todo. De hecho cuando le preguntaron porqué había organizado y por tanto formado parte del asesinato de 6.000.000 judíos, contestó con un escueto «cumplía órdenes».
Eichmann era, no sé, un imbécil. Un imbécil motivado. Me cuesta creer que no hubiera patología en lo que hizo. También había avaricia. En su momento canjeó algunos prisioneros por tres maletas hasta los topes de oro, diamantes y efectivo. Pero pudiera muy bien ser el vecino que sostiene la puerta para que entres, el tendero de en frente, el funcionario del Consell o el hotelero de turno, el bedel del colegio. Cualquiera.
Y ahí es donde Stanley Milgram maduró su experimento .
El experimento requería de voluntarios, 40 (varones todos, error, pero ya se sabe que en los 60 las mujeres éramos poco más que muebles a efectos intelectuales o académicos). A los voluntarios se les engañaba al respecto de su rol. Iban a entrar en una sala donde les había tocado el rol de «educador», junto con otro voluntario que era el «alumno». Un señor con bata blanca pero sin ningún otro distintivo estaría presente tomando notas. Los tres eran perfectos desconocidos (aparentemente). La realidad es que el conejillo de índias era el «educador» y los otros dos eran actores. Educador y alumno estaban separados por una pantalla de cristal que mitigaría alaridos posibles.
El «educador» debía formular preguntas o ejercicios al «alumno». Si éste fallaba, el educador administraba una descarga eléctrica al pobre alumno, que iría in crescendo, hasta llegar a la descarga de 450 que deja directamente en coma.
Evidentemente no hubo ninguna descarga (bueno ,sí, la primera, aplicada al maestro para que tuviera una idea del dolor, pero era la descarga inicial, de 45 voltios). Un 65 % de los participantes machacaron a su supuesto alumno con la dosis máxima de voltaje. A lo que el actor respondía fingiendo estertores moribundos. Antes, tras supuestas dolorosas descargas, cada vez más mortíferas, había suplicado al educador que parara
Un 65% podían haber sido Eichmann.
Si durante el experimento (que estaba siendo grabado) el educador mostraba reticencias, el tipo de la bata blanca (que jamás se identificó como sanitario o científico), respondía con las siguientes frases (se podía protestar hasta 4 veces)
- Continúe, por favor.
- El experimento requiere que usted continúe.
- Es absolutamente esencial que usted continúe.
- Usted no tiene opción alguna. Debe continuar.
Así que la mayoría continuaban, a pesar de que si lo que hacían no hubiera sido una simulación, hubiera costado la vida al «alumno».
Siempre me ha extrañado que no pararan, porque al entrar en al sala al «educador» le decían que su rol había sido elegido por sorteo. Así que teóricamente podría estar ocupando el puesto de «alumno». Empatía 0.
Había, según Iñaki Piñuel, un 8% de participantes que se negaban a obedecer. Aunque este dato no he podido corroborarlo.
Los resultados fueron devastadores, la mayoría actuaba como Eichmann, algo que los psicólogos de Yale no esperaban en absoluto. Se tenía la esperanza de que se pudiera probar que Eichmann era un tarado de marca mayor. Pero no. Resulta que la mayoría funcionaban como Eichmann. Peor, porque Eichmann se lucró, pero estos hubieran matado solo porque el señor de la bata les decía que «el experimento debe continuar».
La obediencia, ese peligro en que intentamos educar a los niños en lugar de educarlos en el criterio.
Y aquí Rwanda.

La culpa, como tan frecuentemente pasa, es de Europa y su avaricia, corto y pego de wikipedia.
En Ruanda, a partir del siglo xix, el gobierno colonial belga estableció un sistema social racista para lo cual utilizó una antigua distinción dentro de la etnia banyarruanda del pueblo bantú, a la que pertenece casi toda la población, organizándolas institucionalmente como castas, aun cuando no existía ningún rasgo étnico ni lingüístico específico que las diferencie: la minoría tutsi (15 %) fue establecida como casta dominante y la mayoría hutu (85 %) como casta subordinada, sometida incluso a regímenes de trabajo forzado. La subordinación de la mayoría hutu a la minoría tutsi, en el marco de un orden colonial e injusto, exacerbó las diferencias y el odio social dentro de la sociedad ruandesa.
Lo curioso es que de tutsi se pasaba a hutu y de hutu a tutsi, porque tutsi era básicamente el ganadero y hutu era el agricultor, y si se cambiaba de profesión ¡se cambiaba de casta! Había matrimonios mixtos, no había lenguas distintas, la sociedad estaba perfectamente encajada salvo por la cizaña que habían introducido los belgas. La religión era indistinta de la casta. Vamos, que ser tutsi no era como ser judío en Alemania, era más bien como ser del Barça en Zaragoza.
Bien el 1994 el 7 de abril, la primera ministra Agathe Uwlingiyimana y 10 soldados belgas de las fuerzas de la ONU que la custodiaban, fueron asesinados por la guardia presidencial, acusando al contingente de la ONU, de haber derribado el avión del presidente.
Bueno . Antes ya había un caldo de cultivo importante de rivalidad entre tutsis y hutus. Vale.
Una emisora de radio, cantantes, políticos muy interesados, incluso miembros de congregaciones religiosas católicas, comienzan a clamar contra los tutsis. A lo bestia, Figuras de autoridad. Y estrellas del rock (hay uno cumpliendo condena por animar a matar tutsis por la radio). Valga decir que entre la minoría musulmana (donde también hay tutsis y hutus), no se produjo ningún asesinato en mezquitas. Pero sí se perpetraron en iglesias cristianas. Los musulmanes fueron parte del 8% dela población que no hace caso a consignas brutales. Que no obedece a la figura de autoridad si le ordenan una barbaridad. De los que son personas. Hubo también cristianos que se negaron, muchos. Pero hubo también próceres católicos que animaron la masacre e incluso dos monjitas cedieron gasolina sabiendo que era para rociar y quemar vivos a tutsis escondidos en un cobertizo.
Desde la radio, desde la televisión, se instó a matar a los vecinos, a despedazarlos a machetazos. Figuras políticas, pero también religiosas del mundo del arte. Figuras públicas. Se invirtieron fondos gubernamentales en compra de machetes, hachas y azadas para descuartizar vecinos. Muchos lo asumieron como un trabajo. Si estaban cansados y aún les quedaban vecinos que matar, les segaban la pierna de un machetazo para que no huyeran, se preparaban un infusión o se tomaban un respiro, y si no se habían desangrado los remataban después. Mataron niños de pecho, delante de sus madres. Violaban a mujeres sistemáticamente, las supervivientes si se quedaban embarazadas, mataban a los niños tras dar a luz. Cortaban a trocitos a los niños delante de sus padres y algunos llegaron a pagar para que les pegaran un tiro y no los trocearan. El horror puro, Sistema de exterminio, igual que Adolf Eichmann pero a la africana. Podría seguir explicando lo que he leído al respecto, pero prefiero no hacerlo.
A día de hoy, la implicación social en el asesinato es tan salvaje qua ha sido imposible condenar a los obedientes asesinos. Ha sido imposible cuantificar las víctimas. Muchos no saben donde están los cuerpos de sus hijos, nietos, padres, madres, hermanos.
Los tutsis se cruzan con los asesinos de sus padres, hijos, hermanos, y se saludan. Sí. Se les parte el alma a las víctimas, pero conviven. El infierno deber ser muy parecido a eso. A tener al asesino de tu familia tomando café en el mismo bar que tu y revivir esas muertes violentas cada vez que le ves. Y no poder hacer nada.
Adolf Eichmann en estado puro. Esto lo hago porque sí, porque me lo han mandado. Tendré que buscar el libro de Hannah Arendt.
Que peligrosa es la obediencia. Que absurdo no tener criterio de lo que es el mal.
Feliz día 7 de abril. Israel parece que retira las tropas de parte de Gaza. Ha matado solo 35.000 personas, 15.000 son niños. No aprendemos
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