
Santa Maria de Durro, siglos después de una terrible matanza.
Cuando hace unos años visité con una amiga extranjera la Natividad de Durro, por hacerle un favor compramos una visita guiada (a mi me pareció un desperdicio, es algo extraño que te hablen de un lugar que llevas viendo toda tu vida y que has estudiado y que además la explicación va a consistir en una retahíla de fechas y referencias a la arquitectura lombarda). Pero lo compramos. Aún así había historias que desconocía que fueron una sorpresa.
Mi sorpresa se tornó en horror cuando al guía comentó una anécdota espantosa.
La Vall de Boí estaba como quien dice permanentemente sitiada o por los franceses o por otras gentes de mal vivir, a ver quien se llevaba un trozo y quien saqueaba un poquito más, así que en una incursión de alguna horda salvaje, da igual el bando, sitiaron el pueblo, diezmaron la población de Durro y los que quedaban se refugiaron en la iglesia que para eso estaba. Y forzada la iglesia, porque lo de atenerse a sagrado muchos se lo pasaban por el arco del triunfo, subieron al campanario.
Los ya vencedores, en lugar de llevarse los pocos bienes de los payeses, incendiaron la base de la torre. Las escaleras interiores eran de madera ardían hacia arriba. Las madres empezaron a tirar a sus hijos de pecho desde el campanario antes de saltar ellas. Morir de impacto es más fácil y menos doloroso que quemarse vivo.
No he vuelto a ver la Natividad de Durro igual desde entonces.
Un alivio absurdo me invadió tras la visita, pensando que habíamos dejado esos tiempos atrás. Porque soy una ilusa. No quería pensar que mis hijos muy pequeños entonces, vivirían en un mundo de tanta barbaries.
Y me equivocaba. Mis hijos, niños aún, reciben las noticias de guerra casi con naturalidad. Hay guerra. En Ucrania, el Gaza. En África hay guerra a patadas. Y parece normal. Pero en nuestro día a día no lo sería.
Y yo me he fijado que al final de la guerra, todas las arquitecturas se parecen. Son escombros de hormigón y tripas metálicas donde nada se aprovecha, son refugios precarios. Son lugares donde nadie quiere estar.
La transformación de espacios habitables a antesala del infierno se toma cada vez desde lugares lejanos. Ya no es preciso apilar troncos en la base de un campanario para que las madres salten con los niños al vacío.
Los israelíes lo hacen estupendamente desde el sillón de su casa, persiguen eficientemente a civiles y criaturas que se han refugiado en una escuela (antes, sólo días o semanas antes, se habían refugiado en un hospital), y que huyen despavoridos sin tener a donde huir; y desmenuza lugares que acogían comunidades hasta dejarlos tan parecidos como Siria, Varsovia o Guernika tras su dosis de guerra.
Y arquitecturas tan diversas como la vasca, la norteafricana y la polaca, quedan hechas trizas de un modo muy parecido, como el cuerpo de sus habitantes, muchas veces infantiles, civiles, ancianos, médicos, gente corriente.
La guerra iguala la arquitectura.



Aquí tres imágenes de Barcelona, Guernica y Varsovia, no sabéis cual es cual, la guerra iguala la arquitectura, la muerte y la miseria.
No sé a que maldito nazi se le ocurre bombardear escuelas y hospitales. Ah, sí, a Netanyahu.
No hace falta que ponga la foto, es un montón de escombros, una estructura que se tiene en pié a duras penas y con niños llorosos, adultos desesperados y cadáveres.
La guerra iguala la arquitectura y el escenario, sí.
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