Arquitectura tradicional en Ibiza VII, las cosas pequeñas de construir

Ca n’Andreva hace 30 años, antes de ser devorada por el tiempo

Después de la entrada del «porxo», tuve una animada tertulia con un lector que yo no me imaginaba tan estudioso y tan dedicado, por aquello de que yo no estoy inserta en la red social ibicenca (esas cosas las dejo por mi maridito, espécimen autóctono) y resulta que el tertuliano es una eminencia en cosas tradicionales de Ibiza y como las casas son cosas, pues también.
Así que como en mi haber de restauración y reforma de viviendas tradicionales tengo un par de casas sin porche cubierto, esto es con una cancela o patio, le invité a visitar una de la que apenas acabo de empezar la obra, ca Andreva.
Y fueron un par de horas muy bien empleadas, Toni, que me lo pasé muy bien, que me enteré de muchas cosas de las casas, y de las personas, así que va por ti esta entrada, que hoy cumples años.

Llegamos a Ca Andreva por el caminito de carro en un coche 4×4 destartalado hasta que pudimos, porque el camino es tremendo, y llegamos a pie finalmente a la casita, por el camino de carro entre dos paredes de piedra seca con un firme criminal para un coche y para un carro con mula o burra también.
Toni dijo una obviedad, que nosotros, acostumbrados a las velocidades del motor y a las películas de cowboys y diligencias no entendemos demasiado. Las gentes de Eivissa cuando atravesaban caminos, con carro y animal de tiro, lo hacían a una velocidad muy escasa, generalmente no más rápido que ir a pie, porque el medio de transporte no era para las personas. Era más bien para llevar cosas de envergadura o para trayectos inusualmente largos. Quizas alguien fardara de carro y mula nueva en eventos sociales, como ir a misa, exactamente igual que hoy otros llevan a los niños al colegio en un coche de gran cilindrada en una isla que mide 34 km de largo, sí. Pero no era lo normal.
Esto significa que lo normal era ir por todas partes a pie. Y por tanto las distancias eran muy relativas y los caminos probados no debían ser muy buenos. La mula iba andando a su paso y si el paso es lento, el camino no debe tener una rasante perfecta.
Que es el caso de ca n ‘Andreva.
Cuando se llegaba a una vía ya de comunicación de núcleos, la cosa cambiaba y así los animales y las personas no tenían que sufrir tanto. Como es el caso del camino viejo de san Mateu a Vila, donde se tomarían las vertiginosas velocidades de 10 a 15 km/h en carreta, con una mula joven.

La segunda cosa que Toni ve cuando entramos y que yo he visto en otras casas pero sin darle demasiada importancia, es la estructura de hornillo en el exterior del recinto de la casa. En el suelo, adosado a un murete que sería de cancela y que es uno de los que nos dirige hacia la casa. Porque se cocinaba fuera de diario. Lo cual no es extraño si se piensa en la falta de luz de las cocinas oscuras de carbonilla y casi sin ventana. Y en lo oscuros que son la mayoría de «porxos». Es más agradable comer con luz de día que en penumbra.

Y presumiblemente en casa de Andreva se comía fuera en verano o cuando hacía bueno (recordemos que entre el siglo XVIII, que se empezó la casa y los años 50, cuando se vivía en esta casa hacía bueno menos a menudo que ahora y llovía más, pero el acto de comer no tenía en casa de Andreva una estancia asociada más que la cocina, porque no tenía «porxo». Así que el campo era el comedor de verano y la cocina el de los días más fríos.

Pasamos al patio que ocupa el lugar del «porche»porxo», y en este patio encontramos 4 puertas. Una da a la cocina y tres a dormitorios «Casas de yacer» (así fueron descritas por el propietario, nieto de los últimos habitantes), con sus baldas y sus alacenas empotradas en el muro y con sus minúsculas ventanas, una de ellas sin una triste ventana, sí , porque ya la puerta asomaba al patio.

Que la cocina fuera negra era una necesidad, al igual que en Lleida y en cualquier lugar donde haya estructura de madera de pino, el humo va estupendamente para impedir que la carcoma se coma la madera, no es un secreto, pero Toni me explicó muchas cosas sobre la cocina que desconocía, y eso me encantó. Una de ellas, que he encontrado muy romántica y terrible, era la costumbre de algunas casas de ir moviendo el hornillo de sitio, para ir ennegreciendo y protegiendo la madera del techo de forma uniforme. Otra, más dura, era la conformidad del payés con los elementos, y la escasa estanqueidad de las cocinas, que no tenían chimeneas al el principio (nos referimos al periodo a partir del XVIII, cuando comienza la auto construcción payesa masiva), sino un par de agujeros en el techo que permitían la salida del humo. Que por suerte evolucionaron a estas chimeneas bajitas, a menudo cerámicas (porque eran ollas rotas o tejas apoyadas una en otra haciendo sombrerete) estas chimeneas que hoy aún vemos exhalar humo en los cada vez más cortos inviernos. La gente se ha tirado más a la cocina eléctrica.

La cocina junto con el «porxo» o sala principal, son las estancias más altas de la casa (como también ocurre en las casas tradicionales de casi toda la cuenca del Mediterráneo), y responde a la necesidad salubre de que el humo salga de la, llamémosle, zona habitable y respirable de la cocina y una vez acumulado en las capas superiores de la atmósfera de la estancia, evacúe al exterior. Y cierto es que la mayoría de cocinas bien conservadas cuentan con una altura apreciablemente superior a las «casas de yacer» o dormitorios.

Cocina de Ca n’Andreva, la franja de cal es curiosamente baja, el horno ha conocido días mejores.
El horno, hace 30 años

La suerte que hemos tenido, es que can Andreva era una casa muy, muy, pobre, y por tanto, pequeña, sí, pero también desnuda de lujos. De modo que las paredes hablan. El blanqueado a media altura de las cocinas antes de transformarse en negra noche, en can Andreva es de menos de un metro de alto. Y las paredes no están tapadas de mortero ni de nada que las vista. Así que dejan ver de forma descarnada unos agujeros que se encuentran cada dos en alturas idénticas. A mí me parecían muy pequeños por ser estantes y Toni me ha explicado lo que eran.


Eran andamios.


Llegados a un punto de la construcción de la pared, levantar piedras hasta cierta altura es realmente pesado. Esto se soluciona del siguiente modo: A partir de los 4 o 5 palmos de altura se dejan unas ramas apoyadas en la pared, salientes, y se sigue subiendo muro, y éstas quedan empotradas, deviniendo dos ménsulas en la pared. Entonces sobre estas ménsulas se pone un tablón. Uno de los improvisados ​​albañiles subido arriba esta (precaria) estructura, puede coger una piedra que le pasa un compañero desde abajo y ponerla en el muro sin grandes aspavientos.


Aquí figura, que los arquitectos mejor dibujamos que explicamos


Y las cicatrices de estas ménsulas acaban siendo agujeritos para dejar cosas. Muy a menudo se tapan, pero aquí no fue el caso.

Estructuras similares de menor escalera se encuentran en las habitaciones. Pero no son andamios. Son los «tinells». Acostumbrados a verlos elaborados en casas más boyantes, en el humilde can Andreva son poco más que dos ramas que sobresalen de la pared, como los andamios, donde entonces se coloca una tabla para guardar las flacas pertenencias de los habitantes.


Y como no podía faltar la alacena o armario, que se centra en la puerta, como me hace ver a Toni. Cierto es que he visto otros desplazados del eje de la habitación, pero son la excepción.


Hay un criterio estético o funcional.

En la parte del patio está lo que Toni llama (y yo no había oído nunca) “un mur de deixa” o muro de deja. Deja como aquellode las lentejas, qeu si no las quieres, las dejas. Que significa, nada menos, que dejes un muro a medias para continuarlo más adelante, cuando tengas tiempo y ganas.
Al caso de Ca n’Andreva lo dejaremos cómo está, ya para siempre.

Nosotros en el proyecto, también lo hemos dejado así. Las casas están vivas, pero me gusta conservar las huellas de la historia que hay detrás cuando esto no supone un agravio a la seguridad de la casa o sus habitantes o un engorro.

I en el «porxo» perdón , en el patio que será «porxo», está el «banc gerrer»l nicho en el muro que contenía las jarras de agua de consumo humano.

El horno se adosa a la cocina y al igual que ésta, sus paredes hacen una función de contención y yo sospecho que a menudo intentan sacar provecho de la inercia térmica del terreno. En la tierra los cambios de temperatura son menores que en la superficie. La tierra mantiene una temperatura más estable, al tiempo que impide una fácil migración del calor en invierno. y en verano mitiga el calor.

La parte de la conversación con Toni que más me interesó, como siempre, es la que refiere a las personas.
Toni ha estudiado linajes y familias enteras, y ha buscado árboles genealógicos en archivos. Y encuentra una realidad terrible al respecto de la mortalidad infantil. Y otra no menos terrible, que era el enorme abandono o cesión de niños como criados a otras familias o casas. Los niños eran propiedades.
Y esto me recordó el caso de la casa de Can Reïal. donde un ya anciano propietario me contaba que allí en tiempo (a principios del siglo veinte, hace cosa de 100 años o menos, muriendo uno de los dueños de Can Reïal, dejó en testamento a su criada (una niña de 12 años) , derecho a una habitación y a agua del pozo hasta que se casara. Para que no fuera de patitas a la calle.
Porque los niños eran moneda de cambio y cuando sabían guardar el ganado (5 años en el caso de mi madre), en las casas de pocos posibles (y eran la mayoría) iban cedidos a casas donde necesitaban mano de obra barata o acasas donde había alguna pareja maldita con la infertilidad.
Y cada habitación, realmente era una casa. Una casa que volcaba primero en el patio y después en el porxo, cuando este patio se cubría.

Obertura sin marco ni ventana en dormitorio

La conversación dio para mucho y Toni me habló de un sistema de estructura bastante interesante que yo he visto poco, pero mira que se alinean los astros, que a la semana siguiente fui a conocer a un cliente con otra increíble casa campesina (de bien conservada) y allí estaba el sistema de Permotu y Perfila. Y otras muchas cosas, pero eso ya me lo guardo por otra entrada.

Lo que más me gustó, es que la conversación fue hacia las condiciones de vida (condiciones que idealizamos y no tienen la menor gracia). Y que alguien gaste tiempo en investigar linajes y circunstancias de gente de hace tres siglos, nos da una perspectiva muy buena de nuestro presente, del qeu solemos quejarnos amargamente con la nevera llena.
Recuerdo el caso de un campesina ya muy anciana que me dijo dónde nació y dónde hubo que casi que colver cuando a poco de casada y con un hijo de meses, se le murió el marido y quedó ella sola y un niño tan pequeño, en una casa lejana en la suya, que era de los suegros aún.
Y todo esto da coherencia con que cada aposento fuera una casa. Ella tenía una casa, los suegros tenían otra. Los hermanos del difunto también otra. La criada de Can Reïal también tenía casa.
Cada casa era un dado, un paralelepípedo de piedra encalado que daba a un espacio más o menos comunal, en un mundo de agua de lluvia y escasez absoluta.

Gracias Toni, si puedo te llevo a Can Tieta, que es una casa super interesante y donde te presentaré a una valquiria.

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