
El diseño de habitáculos no es exclusivo de los seres humanos y hay uno que siempre me ha fascinado, quizás porque mi padre hacía miel, mis dos abuelos hacían miel, mi tío hacía miel.
Cuando era pequeña yo pensaba que todo el mundo tenía abejas en algún lugar de tierra. Que era lo normal. Y no. Resulta que es más bien rarito.
Papá llevaba panales con celdas de reina a casa, y yo que quedaba hipnotizada mirando la tozuda geometría de las celdas, triste viendo las larvas blanquitas y palpitantes que ya no llegarían a obrera e inquieta mirando aquellas cúpulas de cera donde vivían las princesas, las aspirantes a reina. Que en la nevera no lo serían jamás
Además en la tele hacían la «Abeja Maya», y la idea de la sociedad apícola era utópica, parecía una balsa de aceite entre democrática y monárquica, llena de obediencia y bondad. La realidad en el oscuro interior de la colmena que llenaba de botes de miel nuestra despensa, era otra, algo siniestra, sí, pero eso es otra historia.
Una de las cosas que a menudo olvidamos es que los animales, incluso los insectos, toman decisiones. Y que quizás la construcción de celdas es una impronta genética en el pequeño cerebro de abeja, pero hacia dónde se orientan y a qué partes de una rama o de una roca o de un marco de colmena se fijan y hacia dónde estiran la cera, es otra cosa. Esto no lo llevan implícito en su genética y son decisiones. No demasiado diferentes de las que tomo yo cuando empiezo a dibujar una casa. Las abejas construirán en el marco o espacio que les demos. Y si no les gusta lo suficiente, tomarán las de Villadiego. Las abejas, como nosotros, tienen criterio. Son clientes exigentes y delicados, y el payés ha tenido que averiguar sus necesidades para alojarlas dignamente (porque las abejas, o se encuentran bien, o no hacen miel).
De todo lo que nos dan las abejas, particularmente cera y miel (de la polinización no habíamos sido tan conscientes, ni del propóleo, ni del polen), nos es tan precioso que hemos querido domesticarlas (con poco éxito, siguen siendo bastante salvajes), o al menos facilitar un espacio lo suficientemente agradable para que para que ellas permanezcan y lo suficientemente cómodo para que nosotros podamos extraer la miel.
Hemos tenido que diseñar un hábitat suficientemente satisfactorios para ellas y al mismo tiempo para nosotros. Cerca de la casa y que un par de veces al año podamos expoliar sin demasiado cargo de conciencia. Si no fuera que también las cuidamos y que ellas mismas como colmena no son muy miradas con los individuos y tienen más bien una inteligencia grupal, lo encontraría indignante.







Aquí entraría la estupenda teoría (verdad, diría yo) de E.O. Wilson (uno de mis biólogos favoritos, que en gloria esté) del superorganismo. Las abejas no miran para sí mismas, miran por la supervivencia de la colmena, aunque les cueste la vida. O que tengan que matar a sus hermanas.
Y sin embargo cada una de ellas tiene una individualidad increíble. Hay obreras tímidas que no se alejan tres metros de la colmena y sólo van a prados conocidos a caso hecho y exploradoras sagaces que levantan el vuelo hacia prados ignotos a riesgo de acabar en el pico de un abejaruco. Hay nodrizas que miran negligentes como las larvas son parasitadas por la varroa sin mover una pata (un ácaro que nos lleva por el camino de la amargura), hay otras nodrizas diligentes que emprenden una lucha encarnizada contra el parásito y se comen su hermana larva sin piedad para eliminar el ácaro. Lamento si esto estremece a alguien o si todavía alguien cree que la sociedad de las abejas era como lo de Maya y Willie. Las abejas son caníbales, sí. Pero sólo se comen las larvas parasitadas o enfermas, para evitar propagación de enfermedades. Eso sí, cuando deciden hacerlo, no dudan.
A la reina cuando la matan por vieja no se la comen, hombre, que son civilizadas, y a las reinas vírgenes que emergen cuando ya tienen una nueva nombrada, tampoco. Se limitan a mutilarlas hasta la muerte. Las reinas vírgenes si las abejas obreras no son suficientemente diligentes para matar a sus hermanas reales, tienen un aguijón afilado y recto de más de un uso, para matar sin merced a sus competidoras. Que siguen siendo hermanas. A los machos cuando se acaba la época de apareamiento, los dejan fuera de la colmena y se mueren de hambre. Ni se molestan en hacerlos pedazos. Hasta ahí la democrática sociedad apícola.
En fin, volvemos a las colmenas.
Por lo general, las personas, vistas las propiedades nutritivas y terapéuticas de la miel, la hemos recolectado. Primero al modo oso, es decir, destrozando las colmenas silvestres. Después hemos aprendido a que si cuidábamos la colmena y sólo extraíamos un poco, cada año podríamos ir a buscar un poco más cada temporada y no rompernos las piernas buscando colmenas silvestres. Y por último, hemos diseñado una serie de receptáculos para alojar las abejas e incluso pasear las colmenas de aquí para allá en nuestra conveniencia. Aquí unas colmenas tradicionales de varios lares de la Península.
Las de mi abuelo en Llastarri, como la práctica totalidad en el Pirineo, estaban hechas de mimbre y embarradas con buna de vaca o arcilla, con tapas redondas y que alojaban unos panales de miel redondos.
Y como se puede ver, todas estas colmenas, son transportables.
Y he aquí la particularidad de Ibiza.
Como ha dicho Toni M. hoy que le he llevado de excursión a Can Tieta a ver unas colmenas. Las caseras o casas de abejas, en Eivissa son literalmente casas. Como la casa de la paja o la casa del vino. Porque no se pueden mover. Y de forma sorprendente, sí, muy sorprendente, están a ras de suelo. Las colmenas de abejas de Ibiza parecen a menudo dólmenes en miniatura. Me recuerdan vagamente a un sepulcro paleolítico encogido. O las tumbas de tegulae en las necrópolis romanas.
Por el contrario, las casas de abejas debían bullir de vida.



La mayoría de imágenes pertenecen al blog de patrimonio del Consell d’Eivissa, que tiene fotos de éstas colmenas ya restauradas.

Losas de marés verticales, a veces de piedra viva, sobre una base también de piedra, que se cubren con losetas horizontales. Y que contienen a veces un tronco de olivo, de higuera o de algarrobo vaciado por dentro o una especie de cestillo cilíndrico de cañas y arcilla, que se entrega al pequeño sepulcro en una cama el alga a fin de aislar térmicamente la casera, entre en contenedor de madera o caña y la piedra. Como bien ha observado Toni, siempre a la sombra, porque las abejas se asfixian que es un portento y porque la piedra al sol se calienta y haría un hábitat imposible para ellas que o morirían o migrarían.
Y aquí la enorme diferencia entre las colmenas tradicionales del Pirineo (y de la península en general) y las tradicionales de Eivissa. Las de Eivissa no se mueven de su terreno. Las de mi pueblo, el campesino puede decidir tenerlas en otro lugar o incluso moverlas para polinizar un viñedo un poco más apartado (aunque no es tarea fácil y requiere maestría y experiencia).
Mi abuelo materno las tenía apiladas en horizontal junto a una pared de piedra afilada como un cuchillo, en la sierra de Sant Gervàs, a cubierto y cobijadas en una especie de estante al aire libre. Y si quería se las llevaba, claro. Y para su manipulación era fácil.
En Ibiza debía desmontarse una losa de marés ya veces, que nadie se escandalice, matar a todas las abejas para quitar la miel. Otras veces una extracción excesiva las mataba sin que hubiera intención de ello. ¿Qué pasaba después? Una polilla se comía los restos de cera y dejaba una marca odorífera que facilitaba que un enjambre errante volviera a anidar. O lo más frecuente, el labrador captaba un enjambre y se lo llevaba a la colmena (como mi padre hizo tantas veces, y que a mí me parecía la mar de divertido cuando era pequeña y tenía que sacarle algunos aguijones de la espalda). Las abejas reconocían las feromonas de sus antiguas habitantes y decidían que era un buen lugar para quedarse. La mortalidad de colmenas era alta a pesar de la experiencia.
Lo que me ha resultado más inquietante es esta unión íntima con el terreno. Que rara vez se da. Las abejas, las colmenas, en el interior de Europa, se encuentran elevadas
Y supongo que es por la más escasa fauna depredadora de abejas en Ibiza.

Lagarto ocelado. 40 cm llega a medir. Y le encantan las abejas. En Ibiza no hay.

En Ibiza no hay lagarto ocelado, terror de colmenas pirenaicas y cantábricas, ni tejones, que rápido amortizan los mini megalitos, ni zorros, ni pájaros carpinteros, ni una larga lista de animalitos terrestres dispuestos a sacar provecho de una colmena a ras de suelo.
El ecosistema y la fauna tienen una imprenta en cómo diseñamos nuestro entorno, también el agrícola.
Y las lagartijas ibicencas no, no comen abejas.
Esto hace posible una arquitectura exigua y casi de sotobosque para animales modestos y de mágico zumbido.
Curiosamente no he encontrado demasiadas recetas de miel, salvo la consabida salsa de Navidad y sólo en algunos casos. Preguntado mi referente en costumbres domésticas (mi suegra, Gertrudis de Can Canals) me ha dicho que en su casa había dos o tres casas de abejas, se sacaban un par de panales y que aquello se guardaba como un tesoro, que era casi como una medicina y que se utilizaba cuando uno estaba enfermo. Toma ya. Una cucharadita con limón cuando había un dolor de garganta o una gripe.
Y ahora encontramos miel en el supermercado y nos parece cara.
He hablado con otros propietarios y la mayoría no tenían casas de abejas, que me sorprende. Cuando era pequeña yo creía que todo el mundo tenía abejas. Y no. La mayoría de terratenientes Ibicencos no tenían o tenían pocas.
Si uno mira la foto aérea de 1956 quizás encuentra alguna explicación. La isla estaba pelada. La fronda que ahora nos parece tan normal era una quimera, los pinos se cortaban para hacer bancal y hacer silo y para alimentar hornos de cal y para hacer viga y por lo que hiciera falta. En la aldea de Sant Rafel donde hemos ido, hay una colina que da a norte, con bastante pendiente. así que dolor por cultivar.
Así que cuando hemos ido con Toni a casa Clara y nos ha enseñado algunas colmenas y hemos preguntado cuántas había nos hemos quedado de piedra (como las colmenas).


Dicho esto Toni me ha suspendido en el examen de encontrar agujeros de andamio (se ve que se les quiere mucho), en una pared a poniente de la casa de Clara. En la visita pasada, cuando me comentó que a veces se marcaban con cruces, entendí que eran cruces con cal, y no eran cruces más sutiles, y pensé que en la iglesia de San Agustín ya debían estar borradas, ahora tendré que ir a verlas, en penitencia por el suspenso.
También explicó una costumbre arcaica respecto a los agujeros de andamio y la reproducción, pero me lo guardo por otra entrada.
Desde que sé esto que doy gracias de no haber encontrado huesecillos de ningún tipo cuando restauramos o demolemos un muro.
Hay otras trazas de pobladores pequeños que no han podido habitar las casas y han tenido que habitar en las grietas de la la fábrica de mampostería de las casas de Eivissa.
Qué difíciles son las cosas a veces.
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