
Aficionada que soy a las cuevas pintarrajeadas, este verano he obligado a mi sufrida prole a acompañarme en un circuito por la hermosa zona del Ardéche francés, a varios tiros de piedra de mi pueblo en el Pirineo. Decidiendo un poco al azar qué cuevas íbamos a visitar.
Bueno, vimos la cueva de Bédeilhac, la de Niaux con los niños un poco abrumados por los espacios, y porque las visitas guiadas eran en francés claro
Y yo sola visité, la cueva de la Vache. Cuando mis hijos tras dos cuevas y un museo de la prehistoria más tarde, no querían madrugar.
Y encontré una ocupación del lugar llena de simbolismo, de vida y de muerte.
Y encontré y no lo esperaba, música.
Hay dos cuevas con una relación íntima. La de la Vache y la de Niaux. Y su relación tiene mucho que ver con la arquitectura. Es protoarquitectura, una manera de ocupar el espacio muy parecida a la de las primeras ciudades o a la de las primeras construcciones.Solo que no se decide. Se ocupa el espacio con lo que uno encuentra en la orografía.
El Valle de Ardeche ofrece espacios, y las gentes del magdaleniense eligen, ocupan y modifican. Hacen arquitectura.
En la zona de Tarascón en l’Ardeche se levanta un valle con un río sinuoso, el Ariège, que fluye sin furia de un modo no muy distinto al que fluiría hace 18.000 años. En otro valle menor, el valle de Vicdessos, fluyen torrentes más impetuosos pero menores, que abrevan y abrevaban fauna, ahora y hace unos cuantos milenios.
En una ladera de esa montaña, en un lugar idílico bajo un peñasco de caliza se abre la boca de la Grotte de la Vache, la Cueva de la Vaca. Una cueva amable, de techos no muy altos, donde a primera hora de la mañana el sol penetra hasta el interior. Esos techos bajos que permiten un control térmico, unas aberturas anchas, que permiten al entrada de luz, cercanía a un curso de agua, prados, un punto estratégico cerca de zonas donde los animales van a beber. Sobre todo las cabras montesas que en invierno no tienen más remedio que bajar a comer y a beber, porque las cimas de las montañas están nevadas y sin una brizna de hierba.

Y ahí las esperan unas familias no muy distintas de las nuestras. Que se aman, tienen niños, trabajan para sacar a los pequeños adelante y les cuentan cuentos al lado del fuego. Hasta tallan juguetes y pulseritas en hueso.
Y desde esa cueva divisan una entrada oscura en la montaña de enfrente, y el rio y la luz de sol, claro

Esas familias durante siglos (sí, siglos), van y vienen y en invierno se afincan en la cueva de la Vache para pasar la estación fría. Y hemos encontrado las huellas de las estructuras de madera que instalaban en el borde interior de la cueva para montar sus cabañas circulares o a veces parecidas atiendas canadienses que luego protegerían con brezo, con paja, con barro o con la piel curtida de los animales. Una primera arquitectura refugiada debajo de un peñasco ingrávido sobre un prado. Hoguera en ese borde entre la cueva y el prado. Abrigo de la intemperie y celdas construidas dentro de una cueva luminosa, que permite paso a la primera luz del día a través no de una sinó de dos oberturas en forma de ceja..

Luz que pasa flotando sobre miles de huesecillos acumulados alrededor de las cabañas de la edad del hielo bajo el peñasco. Miles de huesecillos tras siglos de caza, que se acumulan en capas de varios palmos y van menguando la altura de la cueva. Porqué se acumulan los huesos alrededor de la guarida de las familias?
Porque esos huesecillos se convierten en cuentas, en collares, en punzones, en agujas, en colgantes, en arpones, en puntas de flecha, en objetos que no entendemos y de vez en cuando, en láminas alargadas donde se tallan escenas cotidianas o excepcionales.
Y aquellos fragmentos de hueso a los que el sol toca, brillan fosforescentes durante la oscuridad.
La gruta no es profunda y se ocupa para vivir su margen con el exterior. Más adentro no hay evidencias de ocupación o de actividad. Y tampoco es algo que cale mucho en los habitantes. Como si de la cueva no interesara más que la delicada franja que asoma al exterior. Los habitantes del magdaleniense serpentean dentro y fuera de la cueva, pero sin hundirse en ella. No van mucho más allá de donde están sus cabañas. Su campamento de mil años. La parte oscura de la cueva es ignorada.
Hasta aquí la Grotte de la Vache. La gruta de la luz.
No, hasta aquí no.
Os estáis preguntando. Y si viven ahí, pintan?
No hay pinturas rupestres?
Ni una sola.
No, no hay pinturas. Ni una sola pintura del magdaleniense, a pesar de las evidencias de haber sido ocupada durante más de mil años.
Mil años. Ni un trazo.
Ni un ciervo, ni una línea.
En una cueva amable y orientada este rabioso, a la luz y al sol, ni una sola pintura.
Es que quizás las chicas (lo siento, la mayoría de pinturas son de chicas) no pintaban en el Ardéche?
Sí. chicos y chicas pintaban. En el Ardéche
Donde?
Justo delante.

Al otro lado del torrente, en la orilla opuesta, con una obertura orientada a poniente rabioso, donde sólo entran los últimos rayos de sol del día, sin ningún rastro de haber sido habitada, sin un solo rastro de hogar o de fuego, sin haber encontrado jamás utensilios. Existe una cueva donde durante más de mil años, se ha ido pintando. Con una cadencia muy lenta. Las pinturas aparecen paulatinamente, al pasar los siglos y las generaciones.
Y lo extraño es que no aparecen en las espectaculares entradas o en varios de los abrigos cerca de éstas.

Para llegar al lugar donde se pintaba en la grotte de Niaux, hay que recorrer ochocientos metros de galerías roca adentro, subir, bajar, bajo tierra, trepar, escurrirse, en la más oscura noche, en un ambiente húmedo y en una ceguera absoluta. En ocasiones habrá que vadear lagos subterráneos.
Esto hoy es fácil. El camino se ha adaptado a los visitantes, hay barandillas y en la entrada se presta una linterna con el ticket de entrada de modo que se pueda avanzar sin demasiada dificultad. Los antiguas lagos interiores están secos en su mayoría. Hoy es fácil, sí, hace 15.000 años no. Y aún así, el tránsito hasta las pinturas es largo, frío y húmedo. Por el camino se van encontrado grafitis de los siglos pasados, desde el siglo XVII hasta principios del XX, en que se protegió la cueva. Porque siempre se ha sabido, y esto es curioso, que las pinturas están ahí, en lo profundo.
No ha habido un momento Eureka, aquí están los bueyes, papá, como en Altamira. No, aquí hay visitas guiadas desde hace tres siglos. Turismo de interior Francés que iban a ver unos bisontes en el interior de la cueva sin saber muy bien quién y porqué los pintó.
Y aún más curioso, después de siglos de visitas, no han sido vandalizadas. Como máximo un grafiti cerca de unos de los bisontes, momento en que uno se pregunta que necesidad tenia el autor de dejar su anodina firma en la pared. En fin.
Tras un largo trasiego se llega al lugar de las pinturas, preguntándose uno porqué debían estar en un lugar tan lejano. Porqué habiendo paredes y planos de roca tan ideales, no se ha pintado nada hasta ahí.
Cuando por fin se llega a una sala, galería, espacio extraño, donde si se enciende la luz, se obra un milagro, porque a la ráfaga insegura de las llamas, los animales invariablemente dibujados en negro, parecen palpitar, removerse en las paredes.







Todas las bestias se pintan en óxido de manganeso y/o carbón, trazos oscuros . Son sobre todo bisontes, caballos y algunas cabras montesas, un ciervo.
Dentro de algunos animales, parecen haber lanzas clavadas. Clavadas de tal modo que la sangre fluye a lado y lado de la lanza. Nos cuenta la guía que hay consenso en que eso que parece una lanza no es una lanza. Pero muchos animales aparecen con algo parecido a puntas de flecha, algunas rojas. Como sangre brotando, violenta, después de cortar una arteria.
Y en la cueva de Bédeilhac, a un paseo de una hora de Niaux, hubo placas de barro y placas de caliza con bisontes de barro o grabados, con agujeros en su cuerpo. Agujeros puntillosamente excavados por gotas de agua que manaban de las estalactitas. También hubo así un bisonte en la cueva de Niaux. Y el artista dibujó en esos agujeros los mismos signos de lanza clavada. Un signo que recuerda sangre manando de una herida. La intencionalidad de utilizar esos huecos que ha hendido el agua en el barro es evidente, porque uno de ellos forma el ojo del bisonte. Es parte de la anatomía del animal, así que los otros huecos, también le pertenecen. Son las heridas que llevan al bisonte a la muerte.



Esto es inquietante. Extraño. Porque pocas veces en pinturas rupestres aparecen señales de caza. Los animales suelen ser magníficos, en el pico de su fuerza. En las cuevas se dibujan animales en plenitud. Casi como arquetipos. Los leones perfectos de Chauvet, la cierva poderosa y preñada de la cueva de Altamira, los uros terribles de Lascaux, los caballos gemelos de Pech Merle.
Aquí salen hieráticos y a veces heridos.
A mi me cuesta creer que esas líneas que se clavan en la roca y en el cuerpo de los bisontes no sean lanzas. Sobre todo porque en alguno de los animales es evidente el alanceamiento. Y porque alguna guía me ha dicho con la boca pequeña que ve lo mismo que yo.
La guía no explicó con detalle cada una de las pinturas. Y sí nos explico algo que me hizo estremecer. En su momento se dataron dos bisontes,, no al azar sino los dos más alejados entre sí, para tener una idea de las fechas de producción de las pinturas. Los bisontes habían sido pintados con mil años de diferencia.
Mil años entrando en la cueva a pintar. Mil años acumulando huesos en la gruta de la Vache, mil años de estabilidad en la historia de una familia, en su migración tras la caza.
Cada bisonte, cabra, caballo, está dibujado por un artista diferente. Los estilos son a veces contrapuestos. Hay un bisonte casi cubista. Hay trazos elegantes y trazos torpes.
Pero en todo caso quienes dibujaran los bisontes, habían practicado. Habían preparado lápices de manganeso y grasa, había preparado el lienzo y grabado primero la figura. Habían elegido cuidadosamente el relieve en la piedra. Y sobre todo habían practicado mucho el dibujo en el exterior. Eran personas avezadas a dibujar animales. Unos y unas con más talento que otros y otras. Que además habían estudiado minuciosamente las paredes para que los relieves de éstas dieran volumen y movimiento al animal que ofrendarían de algún modo.
Y una vez acabado el dibujo, se lo tragaba la noche.
“This paintings are not intended to be seen”, dice la guía con convicción.
Y entonces hace otra cosa. Nos pide que apaguemos las linternas. Nos sumimos en la ceguera. Mis hijos sobrecogidos. Y dice algo, canta.
…Y el sonido se mantiene en el aire y en la oscuridad, se sostiene varios segundos, rebotando en las rocas rodeando a quien escucha….
Durante un rato chasqueamos la lengua, alguien canta, y en sonido nos envuelve.
Cuando la guía encienda la linterna otra vez nos explicará que se han encontrado indicios de percusión muy antigua en las estalagmitas. Que se utilizaban a modo de xilófono.
Entonces encendemos nuestras linternas y apuntamos al techo. Estamos bajo una bóveda. Mi amiga Irene, arquitecta, diría una catedral natural.
La guía nos explica que el 80 por ciento de las pinturas de la cueva están ahí. Hay algunas otras, pero se encuentran impracticables porque para acceder a ellas hay que atravesar una galería inundada.
Salimos después de haber estado en el vientre de la tierra.
Los niños silenciosos, la experiencia les ha abrumado.
Cuando llegamos al apartamento, busco.
Una señor llamado Iegor Reznizov ha estudiado la acústica de los abrigos del Barranc de Valltorta, donde está la Cova dels Cavalls, con escenas de caza. Todas las pinturas se sitúan en las zonas con mayor eco. La resonancia es el criterio que los pintores (generalmente las pintoras) utilizan para decidir el lienzo.

Otros estudios relacionan la posición de las pinturas con el rebote de un sonido desde la entrada de la cueva. Otros con el tiempo de eco. Siempre se encuentran las pinturas en los lugares de mayor resonancia.
Busco sobre Niaux.
El salón de las pinturas negras, donde acabamos de estar, tiene una acústica similar a la de una iglesia románica. Bien cierto puede ser, porque cuando abrimos la linterna en la sala, las proporciones eran similares a las de una iglesia. Nos cubría un cúpula arrugada de piedra.
La familia tan extensa que vivió mil años y que pasaba los inviernos en la grotte de la Vache además de pintores, eran músicos. Y separaban cuidadosamente el lugar de la vida, en donde la luz entraba por la mañana y había un verde prado frente a la cueva, donde podían jugar los niños, del lugar oscuro donde apenas entraba el sol cuando se ponía, había que subir escalando riscos y se encerraban figuras de animales para no ser vistos.
Y desde la Grotte de la Vache se ve la de grotte Niaux más arriba, y desde la de Niaux la de la Vache. Como un recordatorio la una de la otra.

Uno piensa en las gentes de la Grotte de la Vache yendo a la la Grotte de Niaux como los vecinos de Sant Mateu d’Aubarca, van a la iglesia a oir misa devotamente.
Continuará
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