Y el caballo sobre el tablero nevado

La operación especial de Putin en Ucrania se ha convertido en una masacre tan salvaje y compleja, con unas atrocidades tan fieras y tan en directo, que ha barrido mi capacidad de entender. Entender a cada persona que agrede en el conflicto. A los que huyen les entiendo perfectamente. La delgada línea en la violencia que separa la legítima defensa y el derecho a repeler ataques con el ensañamiento, la recepción de órdenes que implican matar, todo eso me sobrepasa.

La operación especial de Putin en Ucrania se ha convertido en una masacre tan salvaje y compleja, con unas atrocidades tan fieras y tan en directo, que ha barrido mi capacidad de entender. Entender a cada persona que participa, que sufre o que ordena continuar la masacre. Igual es así en todas las guerras, pero yo es la primera que puedo seguir casi como una serie de Netflix. Con un malo muy de «Stranger Things» en el lado ruso, con muchos esbirros que mueren cayéndose por las escaleras misteriosamente, o resbalando, o despeñados por una ventana o balcón.

Esto es lo que pasa si trabajas para el zar o eres alguien cercano. Que el tema de la prevención de riesgos laborales está muy mal en el entorno de Putin, decía una amiga mía.

Me he dado cuenta de que tras enumerar casi todas las fichas del tablero en mi duelo por esta guerra, me olvidaba del caballo. O no le encontraba lugar. Y últimamente se lo encuentro y estoy asustada.

Caballos rusos de Przewalski. O ucranianos, a ellos les da igual.

Me inquieta porque he recordado que de alguna manera el caballo, tiene un movimiento circular. El caballo salta sobre el tablero y ocupa una casilla, y salpica de modo circular ocho casillas vecinas.

Círculo de acción del caballo en ajedrez.

Y hay otra cosa que también tiene un radio de ación circular.

Hongo de Hiroshima en 1946

Y no quiero ni mentarlo, porque ya lo mentan psicópatas como Kadyrov, que envía a tres de sus hijos, todos niños aún al frente, a matar ucranianos. O lo que sea. A hacerse hombres.

Recuerdo una novela de Gogol, muy buena, Taras Bulba. Un cosaco vuelve a su casa a recoger a sus hijos de 14 y 16 años (toma, como los de KAdyrov), para enseñarles que es la vida y como se comporta un cosaco y como acaban de salit del seminario de Kyiv y han acabado su formación académica, se lleva a Andrey y Ostap, que así se llaman, a la guerra de Polonia. Tarás Bulba es la novela más corta de Gogol, pero yo la mejoraría, sí. Es un proyecto que tengo con algunas hostorias. Tengo que arrglar el final. Yo a Tarás Bulba lo arreglo como voy a contar: En las 10 primeras páginas la acción transcurre con la llegada de Tarás a su casa, donde su mujer, que ha criado a sus dos hijos desde bébés mientras él se dedicaba a hacer la guerra y a matar enemigos, beber y hacer lo que hacen los que se dedican a la guerra.

Los niños son niños aún. Como los de Kadyrov. Y Tarás llega a casa, apenas muestra afecto por nadie, pide su cena, bebe como el cosaco que es y anuncia su intención de llevarse a los niños entre trago y trago de vodka. Su mujer es más bien su criada, sus hijos su propiedad. No muestra amor, quiere endurecerlos. No hay un ápice de ternura en ese padre que vuelve a casa. LA madre tiembla, abatida, vieja, canosa viendo como el fruto de su vientre irá a la guerra, que es lo que quiere evitar cualquier padre o madre cuerdo. Y sirve vodka a su marido que duerme la borrachera. Obedece. Cede a sus hijos a ese bestia. Y ahí termina la aparición de la madre en la novela. Para Gogol también somos seres secundarios.

Pues yo mejoro la novela mucho, porque hago que la madre, que podría ser yo, haya comprado cicuta o algún matarratas efectivo, y se lo coloco poco a poco en el tercer vaso de vodka. Y en 10 páginas, Tarás estira la pata y los niños se quedan con mamá, que es donde deben estar, aprendiendo a amar no aprendiendo a matar. Pensaba escribirlo también con la épica del temblor de manos de un amor extinto al verter las gotas en el vaso, apartando el veneno de los adolescentes. Llevándolos a la habitación y sentándose al lado de ese marido infame mientras tose su agonía. Hasta le cogería la mano. Y a la mañana siguiente, nevada, lloraría a sus vecinos aquel marido tan valiente.

Sí, reconozco que recorto bastante la novela, pero me queda un sentimiento de justicia importante. Y a mi no me apasiona la épica, porque el olor de los intestinos vertiéndose fuera de la cavidad abdominal, los vómitos de sangre, las piezas de puzzle de los cuerpos tras una explosión que Michel Chevalier explica tan bien en «El Miedo», las agonías interminables, las infecciones, el hedor a animal podrido de los campos de batalla, son parte integrante de las historias épicas clásicas, pero no aparecen jamás en éstas, no deja de ser curioso. Leo la Iliada y leo barbarie, leo la Chanson de Roland y pienso en como el glorioso combatir s en realidad un despiece de carnicería a lo vivo. No veo romanticismo por ninguna parte. Imagino a los más j

Cicuta y pasamos de novela épica a cuento a lo Joyce Carol Oates. Lo que sea para salvar a los niños.

2 respuestas a «Y el caballo sobre el tablero nevado»

  1. No recuerdo haber leído Taras Bulba… pero me quedo con tu final.

    Me gusta

    1. Gracias Nuria. Con más finales así habría menos guerras. Los hijos son de las madres (y de los padres pacíficos, hombre!)

      Me gusta

Replica a Nuria Cancelar la respuesta