
En el casco antiguo de Eivissa, en un lugar privilegiado se construyó por fases y con piedras de muy diversa procedencia un edificio para controlar cuarentenas (como la del Hondius), pero más en precario.

En el siglo XIX, sin antibióticos, sin mucolíticos, sin antihistamínicos, sin vacunas, sin médicos como los que conocemos ahora, sin nada de lo que conocemos como medicina, que un patógeno entrara en una isla era un peligro terrible y muy presente.
Porque las cosas buenas y malas (eso no ha cambiado tanto) llegaban por mar. Cerámicas de Valencia y también bacalao de Noruega, sí, desde el siglo XVII, en barcos cargados de piedras negras y basálticas que los barcos extranjeros del norte de Europa, tras el viaje de ida, dejaban caer al agua de la costa de Vila a modo de lastre amortizado, a efectos de poder albergar sal de las salinas de Sant Jordi.
Lo bueno y lo malo llegaba por mar. Porque virus y bacterias también cruzaban las aguas.
Así que desembarcar en esa isla no era fácil si se venía de más allá de Formentera.
El control se ejercía en un edificio en el umbral de sa Penya. Me gustaría saber más, porque lo hemos intervenido, pero internet es parca en los sistemas de control que se ejercían desde esta casa de la Sanidad, Plaça de la Riba 12.
Era y todavía es un edificio semiempotrado en el terreno en la mejor tradición isleña de aprovechar los desniveles. La primera planta sólo es accesible desde la plaza de la Riba, a nivel del muelle y la segunda planta se puede acceder desde la calle de la Virgen y desde la plaza de la Drassaneta.
La primera planta está hecha de mampostería, muy heterogénea en la naturaleza del material, pero piedra viva, incluso piedras oscurísimas de aquellas que cargaban los barcos desde el país del hielo, haciendo pared con la propia roca de sa Penya. Fuente de filtraciones y humedades infinitas hasta que en algún momento histórico (y no estoy demasiado segura de cuál) alguien hizo un muro de hormigón armado contra la roca que hace de base en la calle Mare de Déu.

Esta primera planta, es más antigua antigua y fácilmente debió tener otros usos antes que edificio dedicado a control de epidemias originalmente; pero es lo que hace de base de dos plantas, de estructura decimonónica que se construye en muros de marés de Ibiza, blandito, sí, y muy maltratado por reformas posteriores, que lo perforaron para poder escamotear instalaciones, reforzar dinteles con hormigones torpes de principios de siglo XX y últimamente una estructura metálica de chapa colaborante ajena al sistema estructural tradicional.
La lástima es haber llegado a tener que realizar la intervención cuando ya no quedaban más viguetas originales que las de la cubierta, también perforadas y maltratadas y aguantando una carga de un grueso de hormigón armado que no les iba demasiado bien. Ni la cornisa que yo presumía original de marés era tal. Era de hormigón y las barras ya afloraban y estaba malcasada con el muro de marés, así que hubo que sustituirla.
El blanco de las paredes ahora es blanco de verdad, se ha liberado el edificio de los pegotes de hormigón de fachada, utilizando mortero de cal.
Se ha mejorado la inercia térmica del edificio con un mortero de cal que en lugar de llevar gravilla de torrente lleva granulado de diversos diámetros de corcho, por lo que es aislante térmico. Y altamente transpirable. Acepta el blanqueado tradicional de cal posterior sin problemas.
Las carpinterías son de madera lacada en el exterior de contraventanas y mallorquinas y de madera natural con lasur en el interior.
No quedaba rastro de pavimentos, escaleras, acabados, pasamanos antiguos. Nada. Me sorprendió la voracidad de las reformas sufridas. Y la tranquilidad con que edificios públicos pierden su memoria material. Los pavimentos de la Casa de la Sanidad, ¿qué eran? Azulejo hidráulico como en las buenas casas de Vara de Rey, baldosa cerámica? ¿Dónde se encontraba la escalera original? ¿Cómo llevaba de una planta a otra? ¿Cómo reconstruir algo de lo que no sé nada? ¡Ay! Perdón que no iba a reconstruir, tenía que hacer un museo. Tanto trabajar en casas payesas pierdo la perspectiva.
No podíamos cogernos a ningún recuerdo que no fuera la forma de los rosetones de la fachada. Esto me hizo pensar en la ferocidad con que asolamos nosotros mismos el mar.
Porque el cambio de uso y la intervención del edificio era para convertir la casa de la Sanidad en Museo del Mar y la Pesca.
Así que pensé que puesto que habíamos arrasado con pavimentos, muebles y puertas del sXIX, pondría en el edificio otros recordatorios de lo que nosotros como especie hemos arrasado o maltratado o simplemente son vecinas al Mediterráneo que aguantan nuestras incursiones. Y que a menudo hacemos del Mediterráneo un vertedero.
Por ejemplo las focas monje o vellmarí en Ibicenco. Que a principios del siglo XX y hasta mediados de siglo todavía vivían en Baleares.

O los virots (pardela balear) que eldía menso pensado no quedará ni uno, está en severo peligro de extinción.

O la poseidonia, que los megayates arrasan cuando fondean entre julio y septiembre en la temporada alta.

Y de hecho cuántas especies marinas nos sufren en el mar. Y poco a poco, algunos protagonistas del agua o compañeros de viaje al planeta se diluyeron, como fantasmas, en la planta baja del edificio, que sería el agua, aplacada toda de pizarra con grabados sutiles de faula, en la planta primera que sería la playa de arena, donde dan a luz las focas monje o en la planta de arriba que sería el barco y elcielo, donde vuelan cormoranes, gaviotas y virots.
Y también me hizo pensar en tantas artesanías que se pierden y pensamos que quizás estaría bien recuperarlas, y colaboró un mestre d'aixa (carpintero de ribera) para hacer la embarcación, vino un maestro de redería para hacer las barandillas, y un carpintero de los de antes para hacer artesanía en las carpinterías. Todo fue volviéndose manual. Como en el siglo XIX.
Así tuve el gusto y la suerte de conocer a Toni Ribas, “Goletes”, mestre d'aixa ibicenco, que fue generoso y amable con la completa ignorante de la náutica que soy. Fue él quien me guió al principio al diseño de la barandilla en forma de llaüt, que yo dudaba, me convenció de que era buena idea, que era viable hacer una estructura de Llaut como barandilla. (yo no las tenía todas), pero sabía que un museo del mar debe parecer un museo del mar. No el museo de cerveza de Babiera o el museo del zapato de Elche.
Él era mi primera opción de artesano para realizarla.
Fue dispuesto y sagaz, era un placer tomar un café con él. Me habló de las partes de las embarcaciones y de cómo se ensamblaban. Sugirió maderas y me contó historias de lobo de mar. Y tristemente nos dejó a medio camino, justo cuando era momento de empezar el trabajo. Y fue dolorosísimo. Conocí a Jose Luis Torres, mestre d'aixa ibicenco también, que casualmente era amigo de mi familia política,y que nos iba a ayudar y un mal imprevisto se lo impidió. Y finalmente conocí a unos carpinteros fantásticos de Cuenca, por los que yo no daba un duro cuando me dijeron que iban a hacer el Llaut. Por eso de queen Cuenca no hay mar.... Resulta que tenían un colega mestre d'aixa de la Albufera de Valencia! Esteve les ayudó de tapadillo, que está jubilado y todo fue rodado. Y tuvimos la suerte de contar con de Carlos de Juan, arquólogo de la universidad de Valencia, que tuvo el enorme detalle de escanear POR AMOR EN EL ARTE las plantillas de cuadernas y otras piezas de la embarcación que hicieron materializar el Llaüt de la barandilla. Carlos, no te conozco, pero gracias mil.
En la próxima entrada del Llaut os dejo los videos.
Y gracias a Toni Ribas, "Goletes" también he tenido la gran suerte de colaborar con un maestro Xarxer, Jaume Amengual, mallorquín estupendo (le pese a quien le pese, que en Ibiza siempre se compite), que es un crack y que ha mejorado todas las propuestas que yo tenía para hacer la barandilla de cordaje marino. Amigo igualmente de Toni Ribas y muy dolido de su pérdida.
Si no hemos podido recuperar los restos de la arquitectura tradicional en el interior, por condicionantes de uso, al menos utilizaremos oficios tradicionales. Y aquí ha entrado la carpintería.
En una segunda entrada, sobre el llaüt os presentaré a los carpinteros, a Esteve, carpintero de ribera de la Albufera y si puedo a alguien más, que parece mentira lo tímidos que son algunos artesanos. ¡Hay que venderse hombre!
Pero vayamos a palmos.
No quedaba rastro de las viguetas o jácenas que pudieran haber en los techos que no fueran cubierta, y no había manera de colocar un techo de viguetas de madera sin estropear el muro de marés, que ya estaba muy castigado, así que se decidió limpiar la estructura de hierro y hormigón, dejar las paredes originales desnudas, entonces construir dentro una caja de madera que permitiera circular a los visitantes, sin herir los muros y consiguiendo una altura de al menos 2,60m.


Me quedo con las ganas de ver cómo era el edificio en el siglo XIX. No hay rastro de documento. Durante las obras aparece una tercera puerta, pero no se recupera porque se come muchísimo espacio de expositores.
Las viguetas de la cubierta estaban tan castigadas que decidimos hacer una prótesis estructural montando sobre ellas paneles de KLH, de modo que queden en su sitio sin entrar en carga. Esta adenda aguantará además a tracción varias partes de los techos inferiores, para generar un doble espacio.

El éxito ha sido hacer techos que no echaran a perder los muros, no perforar más, sino restaurar el exiguo marés existente, cubrirlo de mortero de cal esponjoso con árido de corcho por dentro y por fuera a modo de protección y aislamiento térmico, y dejar que la estructura de láminas de madera de KLH de apenas 16cm sostenga los forjados.
Lo que quedaba antiguo, se ha restaurado. Lo que ha tenido que hacerse nuevo, se ha hecho con el material más sostenible y más limpio. Y más reversible.
Y yo me sigo preguntando cómo era la casa de la sanidad en el s.XIX. Y porque nada ha quedado del interior.

Agradezco a todos los que han trabajado (y mejorado el proyecto), en primer lugar al ilustrador Carles Esteve, autor de las filigranas de dibujo científico que presentan flora y fauna; a mis compañeros de la dirección, José Luis Velilla aparejador y Javi Colomar ingeniero; a los servicios técnicos del Consell (Fran Funes ing+Pep Torres arq+Nacho Jorquera apar+Irene Jaumà arq), que me han apoyado durante todo el proceso tanto en la ejecución como en el cumplimiento de los pliegos y la legalidad (y creedme que esto no ocurre en todas las administraciones) y en particular a Belén Garijo, la que ha llevado todo a buen puerto, nunca mejor dicho. Un edificio nunca es autoría de una sola persona. Igualmente gracias al personal de Cyros, Jose Antonio Pérez, Jorge Fidel y Manuel Bachiller, que habrán trabajado con arquitectos tiquismiquis, pero creo que yo he batido un récord.
En cualquier caso, esta entrada y la siguiente sobre el Llaüt y su proceso, van a la memoria de Toni Ribas «Goletes», que al cel sigui.

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